Aquella vez que Rick Grimes dijo la frase más recordada de The Walking Dead y tardó siete años en ser respondida
Elenco, escena y contexto de la sentencia más emblemática de la serie: la pronunció Andrew Lincoln en el quinto año y la desmintió Norman Reedus en el final.
Uno se levanta a la mañana y prende la tele con esa costumbre de buscar algo que lo distraiga, y encima, de repente te encontrás con la frase más memorable que dio The Walking Dead en sus once temporadas. Porque la serie acumuló de todo: zombies, sangre, persecuciones, grupos que se armaban y se rompían, grupos de personajes entrañables que se iban para siempre. Pero hubo una línea que quedó flotando en el aire, esa especie de sentencia que resume como ninguna otra lo que fue la serie. Y la dijo una sola vez, en un solo capítulo, Andrew Lincoln, el inglés que se puso en la piel de Rick Grimes y que terminó siendo el alma entera de la ficción.
El momento fue en el décimo episodio de la quinta temporada. El grupo venía caminando hacia Washington como podía, arrastrado, después de la pérdida de Beth y de Tyreese. El hambre, la sed, el cansancio habían hecho mella de una manera tremenda. Rick los reúne en un granero y empieza a contar la historia del viejo padre, que esa vez no, que era su abuelo, veterano de la Segunda Guerra Mundial, que entraba a pelear convenciéndose de que ya estaba muerto. Y a partir de ahí, Rick arma el paralelo con la vida que les tocaba: habían perdido tanto que ya apenas podían considerarse vivos en el sentido humano del término. Ahí nomás, como quien no quiere la cosa, sale la frase: nos decimos a nosotros mismos que somos los muertos vivientes.
La respuesta de Daryl que no llegó sola
Pero claro, en esa misma escena, Norman Reedus, que le pone el cuerpo a Daryl Dixon desde el primer capítulo, le sale al cruce. Y le dice, con esa voz áspera que tiene, esa voz que ya es un sello: nosotros no somos como ellos. Porque para Daryl, que es un tipo de origen complicado, criado por un padre violento, que aprendió a leer el monte como nadie, el sufrimiento no los había convertido en muertos en vida. Seguían siendo personas, con elecciones, con códigos, con una humanidad que les pesaba pero que todavía conservaban. Esa discusión, encima, no quedó ahí nomás. Se quedó dando vueltas durante años, siete años para ser exactos, hasta que encontró su cierre definitivo.
El cierre llegó el 20 de noviembre de 2022, en el último episodio de la undécima temporada. Estamos con el grupo frente a los soldados de la Commonwealth, que responden a una dirigente decidida a dejar a los civiles expuestos a los caminantes. Y ahí, justo cuando todo parecía perdido, Daryl toma la palabra y pronuncia la respuesta que llevaba años pendiente: no somos muertos vivientes. Esas palabras, encima, bastaron para que los soldados bajaran las armas. Un cierre redondo para una discusión que había quedado abierta hacía casi una década.
Un origen que viene de las páginas
Para los que no lo saben, o para los que se olvidaron, la sentencia de Rick no fue un invento de los guionistas de la televisión. Robert Kirkman ya la había escrito en el número 24 de los cómics originales, que se publicaron allá por 2005. En la historieta, el contexto era otro: Rick estaba reflexionando sobre los límites de la prisión como refugio, y terminaba concluyendo que los propios supervivientes eran, en el fondo, los verdaderos muertos vivientes. La serie tomó esa idea y la transformó en algo distinto, una meditación sobre el desgaste emocional acumulado durante años de huida, de pérdida, de muerte.
- La frase más emblemática de la serie se pronunció una sola vez en once temporadas.
- Fue en el décimo capítulo de la quinta temporada, en un granero donde Rick reunió al grupo agotado.
- La sacó del recuerdo de su abuelo, veterano de la Segunda Guerra Mundial que entraba a combatir convencido de que ya estaba muerto.
- Daryl respondió en el mismo episodio: nosotros no somos como ellos.
- El cierre definitivo de esa discusión llegó el 20 de noviembre de 2022, en el final de la undécima temporada.
- La frase, además, tiene origen en el número 24 del cómic original de Robert Kirkman, publicado en 2005.
Mirando todo en conjunto, queda una especie de círculo virtuoso, o de círculo que se cierra, como a mí me gusta decir. Una frase que nace en una escena, viaja dos genera distintos autores, se instala en el cuerpo de un personaje, y vuelve a aparecer siete años después para ser respondida. Es, en el fondo, lo mejor que supo dar la serie: esa sensación de que las palabras que se dijeron en algún momento todavía pesan, todavía sirven, todavía conmueven.
Mi recomendación para este sábado, si te pinta quedarte en casa y poner el pilot de The Walking Dead en alguna plataforma, es que arranques por la primera temporada y vayas derecho hasta el final. Es una maratón, sí, son muchas horas, pero vale cada minuto. Y si ya la viste, te diría que te sientes a ver de nuevo el quinto año, del capítulo uno al diez, y después el final de la undécima. Vas a notar cosas que antes no habías notado. Y vas a entender por qué esa frase quedó flotando en el aire tanto tiempo. Te lo digo yo, que la vi entera más de una vez.
