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Domingo, 11 de octubre de 2026
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Decir que no, una habilidad que se aprende de chico y se reaprende de grande

Ansiedad, resentimiento y hasta dolores sin causa clara son algunos de los precios que paga quien no logra poner límites. Lo que parece un defecto de carácter es, en realidad, algo que se construye en la infancia y que, con trabajo, se puede revisar a cualquier edad.

Por Constanza NietoSociedad y vida · · hace 1 h
Decir que no, una habilidad que se aprende de chico y se reaprende de grande

A veces, en medio del ruido de la cortada, mientras doblo la servilleta en el bar de la esquina, escucho a Inés —la vecina del 4B, de toda la vida— quejarte en voz alta por teléfono con su hermana: «es que no puedo, no me sale, le digo que sí a todo y después me muero por dentro». Y yo pienso cuántas veces me pasó a mí también, cuántas veces le dije que sí al jefe cuando quería decir que no, cuántas veces cedí en la fila del súper para no armar lío, cuántas veces acepté un plan que no me gustaba para no quedar afuera. Son escenas chicas, casi invisibles, pero van dejando un surco. Y lo que más me llama la atención es que nadie nos enseñó a decir que no: ni en la escuela, ni en casa, ni en ningún manual de los que nos llegan a la mesa.

Por qué nos cuesta tanto pronunciar ese monosílabo

Lo que cuenta el material que estoy trabajando esta semana es que la dificultad para poner límites no aparece porque sí, ni es un defecto con el que se nace. Se empieza a formar desde los primeros meses de vida, cuando el bebé necesita que alguien lo acote y lo contenga: el pecho que no siempre está disponible, el «no» que llega antes del peligro, la espera antes de la satisfacción. Vivido como frustración en el momento, ese afuera es lo que le permite al chico ir construyendo la diferencia entre uno mismo y el otro, entre lo que se desea y lo que se puede. El límite, entonces, no es lo contrario del amor: es una de sus formas más concretas.

Dos patrones que se repiten en la consulta y en la mesa familiar

Cuando ese proceso no se completa del modo esperado, aparecen dos figuras opuestas que cualquier lector reconece rápido. La primera es la de quien aprendió, muy chico, que el propio deseo molesta o que decir que no pone en riesgo el vínculo. De grande, esa persona acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. Los costos no son abstractos: se traducen en cuadros de ansiedad, en un resentimiento que se va apilando y en un cansancio que ningún descanso termina de resolver, porque no es físico sino psíquico. Con el tiempo, según se advierte en el texto, el cuerpo empieza a poner los límites que la persona no puso: dolores sin causa orgánica clara, insomnio, síntomas que aparecen justo donde la palabra no llegó.

  • Quien no puede decir que no suele cargar ansiedad y resentimiento acumulado, y termina somaticando en dolores e insomnio.
  • Quien no tolera el no ajeno vive cualquier límite como una ofensa; las relaciones se organizan alrededor de su voluntad y se vacían.
  • El punto intermedio —decir que no sin culpa y escuchar un no sin sentirlo como amenaza— tiene un costo afectivo real, pero suele ser menor que sus alternativas.
  • Se construye en la infancia, pero no es un rasgo inmodificable: un tratamiento adecuado ofrece el espacio para aprender a decir «hasta acá» sin sentir que se traiciona al otro.

El otro espejo: el que no banca que le digan que no

Del lado opuesto está quien no tolera el límite ajeno. Para esa persona, cualquier «no» se vive como una ofensa o un desafío. La postura puede parecer fortaleza, pero responde —siempre según lo que se lee— a una imagen frágil de sí mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones, con el tiempo, se organizan alrededor de su voluntad y eso las va vaciando, aunque por fuera todo parezca funcionar.

Por qué se puede cambiar, aunque duela

Entre esos dos extremos hay un punto posible: la capacidad de decir que no sin culpa y de escuchar un no sin sentirlo como una amenaza. Llegar hasta ahí tiene un costo real, porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien uno depende, afectiva o económicamente. Pero el texto es claro en que ese costo suele ser menor que las alternativas. Y, acaso, lo más importante: nada de esto es un rasgo de carácter inmodificable. Se construyó en un momento y, cuando no se construyó bien, se puede revisar. Un espacio de tratamiento adecuado, como se señala, ofrece la posibilidad de aprender a decir «hasta acá» sin sentir que se traiciona al otro.

Cuando bajo al palier y le comento a Inés lo que venía escribiendo, ella se queda callada un instante y después me dice, mirándome fijo: «capaz que lo mío es de chica, mi vieja no me dejaba ni respirar». No necesito ir más allá: ahí, en esa frase, está todo el material que vengo contando. A veces alcanza con que alguien te nombre lo que te pasa para que algo empiece a moverse. Y eso, en un portal de noticias barrial, ya es muchísimo.

CN
Constanza NietoSociedad y vida

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