El debut de Jaime Lorente como director: una promesa que se desinfla cuando la historia crece
El actor se pone detrás de cámara con El mal hijo, una ópera prima que arranca con ternura y autenticidad en la infancia de un nene abandonado, pero que pierde fuerza al saltar al mundo adulto y entregarse a los lugares comunes del thriller y el narcotráfico.
Les cuento de entrada lo que fui a ver al cine y lo que me terminó pasando con la peli. Fui preparado por el morbo de ver al Gallego de La Casa de Papel dando el salto a director, y me fui con la sensación de que la primera mitad de la peli vale muchísimo y la segunda, en cambio, se desinfla como un globo en un cumpleaños de quince. Es una ópera prima que no defrauda de manera estrepitosa, pero tampoco deja huella, y eso, tratándose de un debut, es casi una lástima porque el arranque daba para mucho más.
Un arranque que enamora
El mal hijo cuenta la historia de Rubén, un pibe que es dejado por su padre y termina criándose con la abuela. Ese primer tramo está filmado con una sensibilidad que sorprende viniendo de un tipo que se hizo famoso haciendo de maleante en la tele. Hay escenas de una autenticidad notable: una ceremonia vista por una puerta entreabierta, una conversación entre gurises al anochecer, el vínculo con la abuela construido sin golpes bajos. Son momentos que se quedan en la memoria precisamente porque no buscan el efectismo, y ahí se nota una mirada propia del Gallego, con criterio en la composición de planos y un pulso narrativo que invita a quedarse en la butaca.
El problema aparece cuando la historia da el salto temporal y Rubén llega a la adultez. Ahí el tono cambia por completo. La película abandona el terreno emocional que la sostenía y se mete de lleno en un universo de narcotráfico, mafias y persecuciones. Lo que en el primer tramo parecían recursos propios y específicos se transforman en fórmulas reconocibles del cine negro más transitado, y uno empieza a sentir que ya vio esta peli varias veces.
Lo que se gana y lo que se pierde
- El vínculo entre Rubén y la abuela, contado con naturalidad y sin subrayados emotivos, es lo mejor de la peli.
- Las escenas de infancia funcionan porque no buscan el golpe bajo y dejan respirar al espectador.
- La segunda mitad acumula momentos dramáticos con tanta insistencia que terminan por desgastarse.
- Los personajes secundarios quedan como figuras de género, sin demasiado desarrollo ni espesor.
- La inexperiencia se nota en las escenas de acción, donde a Lorente le cuesta sostener la tensión.
Más allá de los tropiezos del segundo tramo, hay que decir que el elenco responde. Los chicos que interpretan al Rubén niño están muy bien, y el elenco adulto cumple sin brillar demasiado. Se nota trabajo honesto detrás de la cámara y se ven indicios de una mirada que, con otra historia, podría haber dado algo realmente bueno. Lo que duele es la distancia entre lo que prometía ese arranque y lo que termina entregando una película que elige un camino, el del cine negro, que ya fue recorrido con mucha más convicción por directores con más oficio.
A mí, que me crie yendo a bailar a Cuarteto y conozco bien eso de ver a un artista dar un paso nuevo y jugarse entero, lo que más me gustó fue esa primera parte casi autobiográfica, con la abuela como centro de un mundo chico y cálido. Lo que más me decepcionó fue que el Gallego haya decidido correr detrás de un género que ya tiene demasiados dueños, en lugar de profundizar en esa voz propia que asomaba en los primeros planos. La peli vale la pena verla por ese arranque, pero llega un momento en que uno empieza a mirar el reloj, y eso, en una sala oscura, es la peor señal.
La pregunta que queda dando vueltas
Les dejo la pregunta que me quedó rebotando en la cabeza cuando salí del cine: ¿los actores que dan el salto a la dirección deberían apostar por historias más personales, de su propia vida, de sus propios mundos, o está bien que elijan el género como terreno válido para un debut? Yo tengo mi opinión, pero quiero leer la de ustedes. Lo que sí les digo es que si El mal hijo fuera solo lo que cuenta en su primera mitad, estaríamos hablando de un debutazo. Como termina siendo lo que termina siendo, estamos hablando de una promesa a la que habrá que seguirle el rastro con atención. Y ojo, el Gallego tiene tiempo de sobra para ajustar.
