El primer sorbo de vino en el restaurante: no es para saber si te gusta, es para otra cosa
Lo que muchos comensales creen que es una degustación es en realidad un control de calidad exprés. Un especialista en vitivinicultura aclara qué hay que mirar (y oler) antes de aprobar la botella.
A veces pasa que uno se sienta en una mesa, pide una botella de ese malbec que venía recomendando un amigo desde hace meses y, cuando el camarero destapa el vino y le acerca un sorbito a la copa, se queda pensando: ¿y ahora qué hago? ¿Lo apruebo porque me gusta? ¿Lo rechazo si me parece ácido? La verdad, querido lector, ese primer trago tiene una función muy distinta a la que imaginamos, y entenderlo puede ahorrar más de un malentendido en la cena.
El truco del corcho y otros aromas que delatan una botella en mal estado
El técnico en vitivinicultura y divulgador Vinóforo lo explicó con una claridad que merece ser repetida: el camarero no te da a probar el vino para ver si te gusta. Esa decisión ya la tomaste al pedirlo. El verdadero objetivo de ese pequeño sorbo es controlar el estado de la botella. ¿Suena raro? Piénselo así: uno no lleva el auto al mecánico después de chocar para preguntarle si le gusta el color. Lo lleva para saber si funciona bien. Con el vino pasa algo parecido.
“Si no huele a cartón ni a perro mojado, le dices: está perfecto.”Vinóforo, técnico en vitivinicultura
La revisión, además, no requiere ser sommelier ni tener un olfato entrenado. Basta con acercar la nariz a la copa, oler, probar un poquito y prestar atención a aromas o sabores que resulten llamativos. El defecto más famoso de todos es el famoso olor a corcho, asociado a la presencia de TCA, un compuesto que aparece cuando el corcho de la botella tuvo algún problema y que arruina los aromas originales del vino. Vinóforo lo describe con imágenes bien cotidianas: cartón húmedo, moho, ese olor a pieza cerrada que estuvo mucho tiempo sin ventilarse. Si aparece algo de eso, no hay que asustarse ni ponerse técnico: alcanza con decirle al mozo que el vino tiene un aroma raro, distinto a lo que uno esperaba, y pedir que lo revisen.
- Olor a cartón húmedo o papel viejo.
- Aroma a moho o a lugar cerrado con humedad.
- Sabores extraños que no se condicen con la variedad elegida.
- Cualquier percepción que se aleje de lo descrito en la carta o por quien lo recomendó.
Lo que sí se discute antes de pedir (y no después de probar)
Ahora bien, hay algo que mucha gente confunde y vale la pena aclarar: que un vino resulte más seco, más ácido, más ligero o más intenso de lo esperado no es un defecto. Es, simplemente, una cuestión de gusto. Y para eso existe un momento mucho más útil que el primer sorbo: la conversación con el personal del restaurante antes de hacer el pedido. ¿Te gustan los tintos con cuerpo o más bien frescos? ¿Buscás algo frutado o algo más especiado? ¿La comida que vas a pedir pide un blend o un varietal clásico? Todas esas preguntas tienen respuesta en la carta, en la lista de vinos que suelen tener las mesas o, si no, en el propio equipo de salón. Una buena charla previa puede evitar que después confundas una preferencia personal con una botella en mal estado, y te garantiza llegar al momento del primer sorbo tranquilo, sin sorpresas desagradables.
La próxima vez que te sientes a comer en un buen restaurante de las sierras de Córdoba o frente al río en Mendoza, y llegue ese primer traguito a tu copa, acordate: nariz primero, boca después, y la decisión ya está tomada. Si el vino huele a fruta, a madera fina, a tierra húmeda del viñedo, dejalo correr y disfrutá. Si huele a caja de cartón guardada en el galpón durante un invierno entero, ahí sí: llamá al camarero, pedí otra botella y seguí con la cena. La etiqueta manda, pero la nariz y el paladar mandan más. Y ahora, contame: ¿te pasó alguna vez de devolver una botella en un restaurante? ¿Qué olor te hizo dudar? Te leo abajo, como siempre, en esta sección de turismo y sierras.
