El vecino que cuida a su gato como un hijo y la pregunta que nadie le había hecho: ¿le puede pasar algo a la familia?
Un estudio sobre más de 157 mil muestras de gatos en Estados Unidos y Canadá volvió a poner sobre la mesa un parásito intestinal viejo conocido, Giardia, y confirmó que algunas de sus variantes también pueden infectar a personas. Qué miran los veterinarios, cómo se contagia y por qué los cachorros están más expuestos.
A veces las notas de ciencia empiezan lejos, en un laboratorio con muestras codificadas, y terminan en la vereda de casa, en la conversa con alguien que tiene un gato y jamás se preguntó si ese animalito podía estar alojando algo que también le diese un dolor de panza a la familia. Eso fue lo que me pasó al leer este trabajo publicado en PLOS One: pensé en Marta, la del barrio de Villa Devoto, que tiene tres gatos rescatados, los duerme en la cocina y me repite cada vez que me la cruzo que para ella son como hijos. Marta no sabe qué es un ensamblaje genético ni qué significa PCR, pero sí sabe limpiar cajas de arena, mirar heces con cierta atención y alarmarse cuando una de sus gatas defeca fuera de lugar. Y es justamente ahí, en esa atención cotidiana, donde empieza esta historia.
El estudio que me llevó a Marta revisó 157.616 muestras fecales de gatos domésticos enviadas a un laboratorio comercial de referencia en 49 estados de Estados Unidos y cinco provincias de Canadá, entre marzo de 2022 y agosto de 2023. En 9.962 de esos animales se detectó el protozoo intestinal Giardia duodenalis, lo que representa una prevalencia del 6,3 por ciento. No es un número enorme, pero tampoco es trivial cuando se multiplica por la cantidad de gatos que conviven con personas en cualquier ciudad.
Qué variantes son las que más preocupan
Dentro de los gatos infectados, 1.840 portaban los llamados ensamblajes A y B, que son los que pueden aparecer también en seres humanos y en otros mamíferos. Es el 18,5 por ciento de los positivos. El resto cargaba sobre todo el ensamblaje F, que tiene afinidad casi exclusiva por los felinos. La diferencia importa, porque no es lo mismo saber que un gato tiene Giardia a secas que saber que tiene una variante con potencial zoonótico, es decir, capaz de saltar de especie.
- Los gatos menores de un año concentraron la prevalencia más alta: 10,7 por ciento de positivos, contra 1,3 por ciento en los adultos.
- Entre los cachorros infectados, el 19,7 por ciento portaba las variantes A o B, las que pueden afectar a personas.
- La mayoría de los gatos positivos llevaba el ensamblaje F, asociado de manera predominante a la especie felina.
- Muchos animales infectados no presentan síntomas visibles y pueden ser portadores sin que el dueño lo note.
El parásito se transmite a través de quistes que salen con la materia fecal y pueden quedar viables en el ambiente durante bastante tiempo. Agua contaminada, alimentos, objetos o superficies donde quedaron restos de heces son las vías más comunes. En una casa como la de Marta, donde las cajas se lavan con frecuencia pero los gatos comparten bebederos, alfombras y, alguna vez, un beso poco prudente, la advertencia no es para asustar sino para ordenar la rutina: manos limpias después de limpiar, arena renovada con regularidad y control veterinario ante cualquier deposición sospechosa.
Qué señales miran los veterinarios
La giardiasis puede provocar diarrea, dolor abdominal, vómitos y pérdida de peso, pero también puede pasar inadvertida. En los gatos, los signos que los especialistas suelen pedir a las familias que observen son deposiciones blandas o líquidas, abdomen abultado, cambios en el apetito y menor nivel de actividad. Ninguno de esos indicios confirma por sí solo la presencia del parásito: el diagnóstico se hace con un examen coproparasitario o con técnicas moleculares como la PCR, que detecta el material genético del protozoo en la muestra.
Vuelvo a Marta, a su cocina de Villa Devoto y a sus tres gatos, porque a esta altura de la nota la pregunta que me queda es la que ella misma se haría si leyera todo esto: tener un gato con Giardia, ¿es un riesgo real para la familia? La respuesta que dan los investigadores es cauta y, a mi entender, bastante razonable. Que un gato dé positivo no significa que vaya a contagiar a nadie, pero sí es una señal clara de que ese animal necesita una evaluación profesional, un tratamiento si corresponde y un repaso de los hábitos de higiene del hogar. Nada dramático, nada alarmista, sólo esa mezcla de cuidado y sentido común que, visto de cerca, es la mejor manera de querer a un animal sin descuidar a las personas que viven con él.
