La esquina donde Mafalda sigue hablando: una recorrida por San Telmo entre estatuas, mates y la feria del domingo
La escultura de Chile y Defensa funciona como punto de reunión para turistas y vecinos. Una vecina del barrio cuenta cómo se vive el ritual de la foto, qué se consigue en los puestos y por qué conviene mirar bien las frases antes de comprar un recuerdo.
Son las once de la mañana del domingo y en la esquina de Chile y Defensa ya hay un pequeño tumulto que no se parece al de la feria. La gente se acomoda, se acomoda de nuevo, levanta el celular y espera. Algunos vienen en parejas, otros con chicos, otros solos pero con la cámara lista. En el medio, sentada en un banco con su eterna expresión de fastidio inteligente, está Mafalda. La estatua de bronce que el Paseo de la Historieta le dedicó al personaje de Joaquín Salvador Lavado, Quino, se convirtió en los últimos años en una postal obligada del barrio y en un imán para turistas y vecinos por igual.
Lo confirma Hilda, que atiende un puesto de artesanías a media cuadra y conoce la rutina como la palma de su mano. "Esto es así todos los domingos, y cada vez viene más gente", me dice mientras acomoda unos mates con la cara de la nena de bigotes. "Hay turistas que la buscan expresamente y vecinos que pasan, la ven y sacan igual la foto. Es una excusa para empezar el paseo". Hilda, como varios comerciantes de la zona, vende desde hace años objetos con la imagen del personaje, y sabe que ese encuentro callejero se transformó en una pequeña economía cultural alrededor de la historieta.
Un recorrido que combina estatua, feria y souvenirs
La fórmula que propone el barrio es simple y por eso funciona. La parada central es la esquina de Chile y Defensa, donde Mafalda comparte vereda con otras esculturas del Paseo de la Historieta, como las de Isidoro y Larguirucho. Desde ahí, la caminata se extiende por la calle Defensa, donde la feria dominical despliega sus puestos de antigüedades, platería, telas y, claro, artesanías con la imagen del personaje: cerámicas, mates, cuadernos, pines, remeras y hasta muñecas tejidas a mano.
“Viene cada vez más gente, entre turistas y vecinos. Es una excusa para empezar el paseo.”Hilda, comerciante del Paseo de la Historieta en San Telmo
Conviene tener paciencia y leer antes de comprar
Antes de salir, vale tener en cuenta dos detalles prácticos que marcan la experiencia. El primero es el tiempo de espera para la foto: la esquina suele concentrar a varios visitantes al mismo tiempo y la fila para posar junto a Mafalda se mueve, pero no tiene un ritmo fijo. Lo mejor es contemplar esa parada al organizar la caminata y no apurarla. El segundo, más fino, es mirar bien lo que se compra. Hilda lo señala con una sonrisa incómoda: "Hay de todo, lo bueno y lo no tanto. Circulan muchas frases que Mafalda nunca dijo en las tiras. Hay que fijarse bien". Es decir, reconocer la cara del personaje en un objeto no garantiza que la inscripción pertenezca al universo real que Quino construyó entre 1964 y 1973.
Porque Mafalda no estuvo sola. A su alrededor fue creciendo un elenco que hoy es parte central de la historieta argentina: Felipe, el chico idealista y melancólico; Manolito, el hijo de almacenero obsesionado con el dinero; Susanita, la pequeña burguesa que sueña con casarse; Miguelito, el hijo del médico; Guille, el hermano menor, y Libertad, la más chica y filósofa a su modo. Para el humorista gráfico Tute, uno de los rasgos más notables de la obra es justamente la complejidad de esos personajes y la manera en que Quino incorporó a las tiras los asuntos del mundo, desde la Guerra Fría hasta la desigualdad, sin perder el tono cotidiano de una familia de clase media de Buenos Aires.
Cuando le pregunto a Hilda qué le parece que Mafalda se haya vuelto una atracción turística, se queda pensando un segundo y me contesta con una frase que, curiosamente, sí podría ser del personaje. "Mientras la gente venga a sacarse una foto y después se compre un libro, está bien", dice. La vuelvo a ver cuando me voy, acomodando unas tazas en su puesto, y me hace un gesto con la mano como despidiéndose de Mafalda y de todos los que pasaron esa mañana por la esquina. Es un domingo más en San Telmo, y la nena de bigotes, otra vez, logró que la gente se detenga a mirarla.
