Saltar al contenido
Martes, 6 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Portada › Vida ›
Vida /

La herencia silenciosa: cuando los deseos de los padres se vuelven deuda emocional de los hijos

La psicóloga Cynthia Wila recorre en su ensayo La culpa cómo las expectativas familiares pueden transformarse en un peso que se arrastra hasta la adultez, y propone revisar qué se le reprocha uno mismo antes de cargar con cualquier mandato.

Por Constanza NietoSociedad y vida · · hace 1 h
La herencia silenciosa: cuando los deseos de los padres se vuelven deuda emocional de los hijos

El domingo a la tarde, en un café de la calle Corrientes, Marta, vecina de Villa Devoto, me cuenta mientras mira su cortado que desde chica sintió que tenía que ser la médica que su padre no pudo ser. "Nunca me lo dijo con un reproche, eh", aclara. "Era más bien una mirada, un 'qué bueno que a vos te va bien en la escuela'. Pero yo sentía que si no llegaba a ser eso, lo defraudaba". La escena, tan cotidiana como cualquier otra, abre una de las preguntas que la psicóloga Cynthia Wila, autora del ensayo La culpa (Paidós), propone revisar en los vínculos familiares: hasta qué punto las expectativas de las madres y los padres se convierten en una mochila que los hijos cargan sin haberse dado cuenta.

Expectativas que viajan en silencio

Porque la primera advertencia de Wila es que no hace falta un grito ni una frase hiriente para que una expectativa pese. Un pedido dicho con cariño, una pregunta inocente sobre los planes a futuro, un elogio condicionado pueden dejar la misma inquietud flotando: qué esperan los adultos, qué habría que hacer para conservar su aprobación. Esa búsqueda, dice la psicóloga, puede convertirse en un generador silencioso de angustia y de culpa, sobre todo cuando las metas que se heredan no son las propias sino los proyectos inconclusos de quienes criaron.

La autora distingue con claridad entre las normas que ayudan a convivir (las que limitan la agresividad, las que enseñan a respetar al otro, las que ordenan la vida cotidiana) y los mandatos que restringen las elecciones personales. Mientras las primeras se sostienen por su valor compartido, los segundos suelen mantenerse atados a un miedo más primitivo: el de perder el afecto de quien los transmite. Así, las decisiones grandes de la vida (estudiar tal carrera, casarse a tal edad, vivir en tal ciudad) pueden quedar condicionadas por un temor que rara vez se pone en palabras.

  • Las aspiraciones de madres y padres pueden incluir proyectos que ellos mismos no lograron concretar y que se trasladan a los hijos como una demanda imposible.
  • No hacen falta palabras hirientes: un pedido con cariño también deja abierta la inquietud por saber qué esperan los adultos.
  • La presión puede persistir en la adultez aunque ya nadie la formule desde afuera, porque las voces y los juicios de la infancia se incorporaron como reproches propios.
  • Wila propone distinguir la responsabilidad concreta por los propios actos de un cuestionamiento permanente sobre uno mismo.

Heridas que no se borran al crecer

Quizás lo más interesante del planteo de Wila es la idea de que esas exigencias no se apagan automáticamente al cumplir años. Las voces y los juicios recibidos en la infancia, explica, pueden incorporarse como reproches propios, como una especie de tribunal interno que sigue funcionando mucho después de que los padres dejaron de intervenir. Por eso, dice, en la adultez la exigencia puede persistir aunque ya no haya nadie afuera formulándola: uno mismo la reproduce, la sostiene, la alimenta.

Frente a ese mecanismo, la especialista propone algo tan simple como difícil de aplicar en la vida diaria: detenerse a pensar qué está pasando y examinar la responsabilidad concreta por los propios actos. El eje de su propuesta es revisar de qué se acusa cada persona, en lugar de sostener un cuestionamiento permanente sobre sí misma. Distinguir entre haber hecho algo reprochable y ser alguien reprochable es, para Wila, el primer paso para desarmar la culpa que se arrastra sin razón.

Wila aclara, eso sí, que la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía según las experiencias de cada persona, y por eso habla de recorridos individuales, atravesados por palabras, gestos y situaciones vividas. No hay recetas universales ni listas de buenas y malas familias. Hay, en todo caso, una invitación a mirarse con más honestidad y a separar lo que uno eligió de lo que le fue pedido en nombre del amor. Antes de irme del café, Marta me mira y dice, como para sí misma: "A lo mejor ya es hora de preguntarle al médico que fui si le gusta ser médico, ¿no?". La frase me queda sonando mientras cruzo la calle.

CN
Constanza NietoSociedad y vida

Te puede interesar