La vida que creés vivir y la que en realidad te dejaron armada: dos preguntas para empezar a decidir en serio
Un filósofo de la Universidad de Emory propone un ejercicio simple pero incómodo para distinguir los deseos propios de los mandatos heredados. La evidencia muestra que perseguir metas alineadas con valores genuinos mejora el esfuerzo, el avance y el bienestar.
Vivo en un barrio donde las decisiones importantes se comentan en la vereda, mientras alguien espera el colectivo o se cruza con la vecina a la salida del kiosco. La semana pasada, Carmen, que vive a dos cuadras de casa, en el barrio de siempre, me dijo algo que se me quedó dando vueltas: "Yo pensé toda la vida que estaba eligiendo, y un día me di cuenta de que estaba repitiendo lo que mi vieja quería para mí". Esa frase, escuchada en chancletas y mate de por medio, es exactamente la misma incomodidad que describe Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project, cuando propone un ejercicio que parece simple y termina sacudiendo.
Bedzow, que además es profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad de Emory, trabaja desde hace años con personas que llegan a su consultorio convencidas de que siguen un plan propio y descubren, al revisarlo, que están ejecutando un guión ajeno. El punto de partida de su propuesta son dos preguntas concretas. La primera es: ¿de quién es la vida que estás viviendo? La segunda, más incómoda, es: ¿quién debería determinar cómo vivís? La primera suele tener respuesta rápida, casi automática. La segunda es la que incomoda, porque obliga a mirar de frente algo que preferimos no nombrar: que el rumbo no está escrito en ningún lado y que tampoco lo fijó nadie por nosotros en forma irrevocable.
El molde familiar, social y cultural
Elegir un camino propio no es un acto de rebeldía ni una cuestión exclusiva de fuerza de voluntad. Implica algo más sutil: reconocer qué parte de las decisiones cotidianas responde a convicciones realmente propias y qué parte obedece a mandatos que llegaron de afuera, desde la familia, el entorno, las expectativas del medio en que se creció. En la Argentina eso se nota a la vista: en la elección de la carrera, del primer trabajo, del lugar donde armar la familia, del crédito que se toma para el auto o del barrio donde se busca el alquiler. Muchas de esas decisiones se tomaron como propias cuando en realidad respondían a un mapa heredado.
Bedzow lo resume con una frase que se repite en su trabajo: "Es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que pensar que debés inventar ese camino por vos mismo". Esa comodidad, advierte, es una trampa silenciosa, porque lleva a vivir según un guión que uno no eligió en forma consciente y que, sin embargo, termina rigiendo la agenda, los vínculos y hasta la cuenta bancaria.
Pedir opinión no es entregar el volante
El ejercicio no propone aislarse ni desoír a los demás. Hay una diferencia, que el filósofo subraya, entre recibir perspectivas externas y entregarles el control. Conversar con un colega sobre una oferta laboral, escuchar a un amigo que cuestiona una idea fija sobre una relación o pedirle a un hermano que diga sin filtro qué ve desde afuera puede abrir ojos sobre aspectos que uno no había considerado. Lo que cambia es quién toma la decisión final y desde qué criterios se la toma. Cuando la decisión vuelve a la mesa propia, la opinión ajena cumple su función: informar, no decidir.
- Preguntarse de quién es la vida que se está viviendo y quién debería determinar cómo se vive, para separar deseos genuinos de presiones familiares, sociales y culturales.
- Distinguir entre pedir perspectivas externas y ceder el control: la opinión puede informar la decisión, pero no tiene que ocuparse de tomarla.
- Practicar la autorreflexión en decisiones de bajo riesgo, para fortalecer el criterio cuando las apuestas sean mayores.
- Someterse a la pregunta de la filósofa Susan Wolf sobre si aquello que se busca merece, efectivamente, ser buscado.
