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Viernes, 9 de octubre de 2026
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La vida que Luli Fernández eligió después de bajar el ritmo: seis de la mañana, mate con los perros y la frase que la reordenó todo

La modelo y conductora reconstruyó su rutina a los 38 años, después de una separación de 14. Entrena, hace cinco tipos de terapia, conduce su propio ciclo de entrevistas y, sobre todo, aprendió a dejar huecos en la agenda. Una recorrida por una jornada que, según cuenta, le devolvió la calma.

Por Constanza NietoSociedad y vida · · hace 2 h
La vida que Luli Fernández eligió después de bajar el ritmo: seis de la mañana, mate con los perros y la frase que la reordenó todo

A las seis de la mañana, cuando Recoleta todavía está en penumbras y los colectivos de la línea que cruza por avenida Santa Fe todavía no arrancaron su recorrido, en la cocina de Luli Fernández ya suena la pava y el pan para el desayuno. Lo cuenta ella misma, mientras prepara el lunch de Indalecio, su hijo de siete años, antes de que llegue la persona que la ayuda en la casa. Ahí empieza, puntual, la jornada que la modelo y conductora armó de nuevo después de separarse, tras catorce años de pareja. Una rutina en la que conviven el entrenamiento con profesor, la nutricionista, cinco tipos de terapia y, sobre todo, una decisión que define todo lo demás: no llenar más los huecos del calendario.

Después de despedir a Indalecio en la puerta del colegio, en Vicente López, ella vuelve a su departamento de tres ambientes donde la esperan los tres perros que adopta a lo largo de los últimos años. Ahí, antes de empezar el trabajo, los saca a dar una vuelta por el parque que queda a dos cuadras. "A veces me quedo charlando con Marta, la vecina del segundo, que también baja a su Golden con el primer sol", cuenta Luli entre risas. Dice que ese rato le ordena la cabeza: "Es como un botón de reset, lo necesito para empezar el día". Esa es la primera pieza del rompecabezas diario.

El cuerpo entrenado, la cabeza atendida

El entrenamiento viene después. Tres veces por semana trabaja con un profesor de musculación en un gimnasio porteño, con un plan que combina pesas y elongación, y todas las semanas pasa por la nutricionista. Pero la parte más llamativa de la rutina está del lado de la cabeza: además de terapia tradicional, hace terapia neural, constelaciones familiares, biodecodificación y sesiones de registros akáshicos. También consulta a una astróloga y a una numeróloga, sobre todo cuando tiene que tomar decisiones laborales o personales. "No es magia ni es capricho, es un combo de herramientas que me ayudan a escucharme", explica.

El trabajo ocupa el resto del día. Conduce un ciclo de entrevistas para una plataforma digital que arrancó con perfiles de mujeres y este año sumó una edición centrada en varones. Por ese programa recibió una nominación a los premios Martín Fierro. Aun así, Fernández dice que entendió algo que antes no veía: durante muchos años el laburo funcionó como refugio, una manera de no parar, de no quedarse quieta frente a lo que le estaba pasando. "Hoy me doy cuenta de que necesito mucho menos para ser feliz", afirma. La frase le salió en pleno proceso de separación, en el momento más difícil, cuando en lugar de salir a llenar la agenda eligió quedarse en casa.

Las tardes quietas, el cambio más concreto

  • Los miércoles y sábados, cuando Indalecio queda con el padre, elige quedarse en el departamento: serie de turno, mar abajo y los tres perros alrededor.
  • Los otros días libres los usa para salir con amigas, que fueron una red clave en los meses más duros.
  • La crianza se concentra en la franja de la mañana y la primera noche, con presencia real, sin celular en la mesa.
  • Aprendió a proteger los huecos de la agenda en lugar de taparlos con reuniones o compromisos.
  • El vínculo con su hijo, dice, se profundizó desde que viven solos, justamente porque hay más tiempo compartido.

En el barrio donde vive Luli, las vecinas que la cruzan por el ascensor repiten, casi con las mismas palabras, una idea que ella repite: que el cambio no fue sumar cosas, sino animarse a restar. Marta, la del segundo, lo resume así mientras sube con su perro al ascensor: "Se la ve otra, más parada, como si le hubieran sacado un peso de encima". En su propia cocina, con la pava lista y el termo armado para el mate de la tarde, Luli coincide: "Lo más revolucionario fue aprender a no hacer nada y no sentir culpa". Esa es, a los 38, la rutina que eligió para empezar de nuevo.

CN
Constanza NietoSociedad y vida

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