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Madrecitas de agua a domicilio: cómo la UBA reparte peces criollos para combatir el dengue puerta por puerta

Un equipo de la Facultad de Agronomía entrega gratis dos especies nativas que se zampan hasta cien larvas de mosquito por jornada. Ya van veinte mil ejemplares sembrados en reservorios de casas, escuelas y organizaciones del conurbano.

Por Constanza NietoSociedad y vida · 26 de agosto de 2026 · hace 6 h

La escena se repite cada semana en distintos barrios de la zona oeste del Gran Buenos Aires: un muchacho con una conservadora térmica baja del remise en una esquina de tierra, toca timbre y le alcanza a la vecina una bolsita con agua y unos cuantos pecesitos plateados que no llegan a los tres centímetros. La señora los mira con desconfianza, pregunta si ensucian mucho, si hacen ruido, si se van a morir con el calor. Le explican que son madrecitas de agua, que comen larvas del mosquito que transmite el dengue, que no necesitan comida extra y que, en el mejor de los casos, van a vivir meses devorando lo que nadie quiere tener en el patio. La señora asiente, les agradece y se va con su bolsa rumbo al bebedero del perro, que desde ese día va a tener compañía.

Esa escena, que parece salida de un manual de ecología de bolsillo, es en realidad el eslabón final de un programa que lleva adelante la Cátedra de Acuicultura de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires desde 2022 y que, según los registros de la propia casa de estudios, ya repartió más de veinte mil ejemplares de dos especies de peces nativos entre vecinos, escuelas y organizaciones comunitarias. La propuesta es tan concreta como su nombre lo sugiere: usar bichos del lugar para comerse a las larvas del Aedes aegypti antes de que se transformen en los mosquitos que tanta preocupación vienen generando en los últimos veranos argentinos.

Dos especies, cien larvas por día y un montón de reservorios

Las protagonistas del programa se llaman Cnesterodon decemmaculatus y Jenynsia lineata, dos pecesitos de agua dulce que cualquiera que haya caminado por la orilla del Riachuelo o por algún arroyo de la cuenca Matanza-Riachuelo reconoce sin saberlo. Lo que tienen de especial es que están perfectamente adaptados a vivir en charcos, zanjas, bebederos, piletas inflables y hasta en esos tanques bajos donde se junta el agua de lluvia. Y, sobre todo, son voraces: cada adulto es capaz de comerse hasta cien larvas de mosquito en una jornada, según precisaron desde la Facultad de Agronomía.

“Son peces de fácil manejo y bajos requerimientos, que naturalmente están acostumbrados a vivir en ambientes reducidos. No son difíciles de criar o transportar, y la Cátedra los entrega a demanda a la comunidad.”Alejandro López, licenciado en Ciencias Ambientales y responsable del proyecto
  • Más de 20.000 peces entregados entre 2024 y 2025 a vecinos, escuelas y organizaciones comunitarias.
  • Dos especies nativas en juego: Cnesterodon decemmaculatus y Jenynsia lineata, conocidas como madrecitas de agua.
  • Capacidad de consumo: hasta 100 larvas de mosquito Aedes aegypti por ejemplar adulto por día.
  • Trabajo articulado con la Cooperativa de Recicladores del Oeste (RUO) y financiamiento del programa UBANEX.
  • Declarado de interés ambiental por la Ciudad de Buenos Aires.

La particularidad del enfoque es que va directo a esos reservorios donde las fumigaciones y los larvicidas químicos no llegan o resultan poco prácticos. El bebedero del perro que no se vacía todos los días, el florero del cementerio, el balde que quedó apoyado contra la medianera después de la última lluvia, la pileta de lona que los chicos usan los fines de semana: todos esos recipientes chicos, dispersos y muchas veces olvidados son, según los especialistas, los principales criaderos del mosquito en las viviendas, y por eso la idea es sembrarlos de peces que hagan el trabajo solos.

Una herramienta más, no una receta mágica

Desde la cátedra aclararon, sin embargo, que la propuesta no viene a reemplazar las medidas clásicas de prevención, sino a sumarse al abanico de herramientas disponibles. Lo dijo con todas las letras el propio López, cuando señaló que el objetivo es aportar una opción sustentable, de bajo costo y larga duración, que permita reducir la cantidad de aplicaciones de productos químicos en los barrios. En criollo: menos veneno en los patios, más bichos comiendo larvas, y una baraja más amplia para jugar la partida contra el dengue.

“Las personas interesadas pueden solicitar los peces para sembrar en reservorios de agua de difícil vaciado o tratamiento químico.”Ana Paula Baldonedo, coordinadora del proyecto

El contexto ayuda a entender la urgencia. De acuerdo con los datos oficiales del Ministerio de Salud de la Nación, la temporada 2023-2024 cerró con más de 580.000 casos confirmados de dengue en la Argentina y 419 personas fallecidas, la peor cifra registrada en el país hasta ese momento. La presión sobre los sistemas sanitarios, los operativos de fumigación y las campañas de descacharréo puso otra vez en el centro de la escena la necesidad de buscar alternativas creativas, y fue justamente en ese escenario donde el programa de la Facultad de Agronomía empezó a escalar en volumen y en llegada territorial.

A mí, que vengo siguiendo estos temas desde hace años, lo que más me gusta de esta iniciativa es que está pensada de punta a punta: se crían los peces en la Facultad, se reparten gratis, se hace un seguimiento con las familias y las escuelas que los reciben, y se articulan los repartos con cooperativas que ya tienen llegada a los barrios, como la RUO en el oeste del conurbano. No es un laboratorio lejano que tira un dato y se desentiende: es un equipo que toca timbres, escucha dudas y se vuelve con la conservadora más liviana y con la satisfacción del deber cumplido.

Por eso, cuando pienso en aquel muchacho de la conservadora térmica entregando la bolsita con las madrecitas de agua en una esquina de tierra, no puedo evitar pensar en esa vecina de Pilar, de nombre Marta, que me contaba entre risas que al principio le daba impresión mirar el bebedero del perro y ver los pecesitos nadando entre las patas del ovejero, pero que con el paso de los meses se acostumbró tanto que cada vez que un vecino se queja de mosquitos le dice, con esa autoridad que solo da la experiencia propia, que se acerque por la Facultad de Agronomía y pida su bolsita. Esa cadena de boca en boca, en los tiempos que corren, vale tanto como cualquier campaña oficial.

CN
Constanza NietoSociedad y vida

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