Por qué bajar de peso se sostiene mejor cuando se trabaja también la cabeza, no solo el plato
La ciencia viene acumulando evidencia de que los tratamientos exclusivamente nutricionales y físicos dejan afuera una parte clave del problema. La OMS, un metaanálisis reciente y la cardiología europea coinciden en algo: sin apoyo psicológico, sostener los cambios a lo largo del tiempo se vuelve una tarea casi imposible.
A mí me cuesta hacerlo sola. Cada vez que me propongo dejar el pan a la noche o reemplazar la merienda por algo más liviano, al tercer día aparece el cansancio del trabajo, una discusión familiar o simplemente las ganas de comerme algo rico mientras miro televisión, y chau, todo a punto de caramelo. Lo sabe bien Marta, que vive a la vuelta de mi casa en el barrio de Villa Urquiza y que cada lunes arranca la dieta con la misma energía con la que los viernes ya está abrazada a una tableta de chocolate. No es un problema de voluntad, me dijo el otro día mientras tomábamos mate en la vereda, es que nunca me enseñaron a manejar la ansiedad, y cuando la ansiedad aparece, la comida gana siempre.
Es exactamente lo que describe la evidencia científica que se viene acumulando en los últimos años sobre los tratamientos para bajar de peso. Bajar de peso no depende solamente de comer menos y moverse más. El hambre, el descanso, el estrés, el estado de ánimo, la genética y el entorno alimentario condicionan la relación que cada persona establece con la comida y, sobre todo, la posibilidad de mantener los cambios con el paso del tiempo. Cuando los tratamientos se limitan a pautas de alimentación y ejercicio sin contemplar los factores emocionales y conductuales, los resultados suelen ser difíciles de sostener en el largo plazo.
Lo que dice la evidencia internacional
La Organización Mundial de la Salud sostiene que la obesidad surge de la interacción entre una susceptibilidad biológica propia de cada persona y las influencias ambientales y psicosociales que la rodean. Por eso el organismo recomienda una atención multimodal que integre intervenciones conductuales, nutricionales, psicológicas y médicas, adaptada a las necesidades de cada caso y no a un protocolo único aplicado en serie.
En la misma línea se pronunció un metaanálisis que revisó 37 estudios, incluyendo 21 ensayos clínicos aleatorizados, y que encontró resultados favorables de las intervenciones psicológicas frente a abordajes mínimos o habituales en el manejo del peso. La terapia de aceptación y compromiso fue la que presentó la evidencia más consistente de eficacia en el seguimiento posterior a los 18 meses, según el trabajo publicado en la revista Obesity Reviews.
Por qué la respuesta importa tanto como el desvio
El estado emocional y el nivel de cansancio afectan de manera directa la capacidad de sostener decisiones vinculadas con la alimentación. Ante un episodio en el que uno se sale del plan previsto, una respuesta rígida puede generar la sensación de haber perdido el control por completo, lo que muchas veces deriva en comer de forma desinhibida. Una respuesta más flexible, en cambio, permite reconocer el episodio sin interpretarlo como el abandono del proceso entero.
El lugar de la genetica y del entorno
La genética también tiene un papel concreto. Ciertas variantes genéticas influyen en los mecanismos cerebrales que regulan el hambre y la saciedad; otras intervienen en el metabolismo, es decir, en la forma en que el organismo usa y almacena energía. Estas diferencias explican por qué personas con planes alimentarios similares pueden obtener resultados bastante distintos entre sí.
La Sociedad Europea de Cardiología, por su parte, plantea que el tratamiento de la obesidad requiere un abordaje prolongado que combine alimentación, actividad física y aspectos psicológicos, orientado a cada persona y desarrollado en el tiempo.
A Marta le conté todo esto el sábado, mientras volvíamos del kiosco con un paquete de galletitas que ella había jurado no volver a comprar. Se rió, me dijo que ya sabe que el problema no es el paquete sino lo que pasa en su cabeza cada vez que lo tiene cerca, y me preguntó si conocía algún profesional con quien empezar a hablar del tema. Le pasé un contacto. Antes de cortar, me dijo algo que me dejó pensando: por primera vez en años, alguien le había explicado por qué le costaba tanto, y eso, en lugar de hacerla sentir culpable, le daba ganas de intentarlo otra vez con otras herramientas.
