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Lunes, 5 de octubre de 2026
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Rumbo al fin del mundo: cómo es hoy embarcarse en Ushuaia para una expedición a la Antártida

Con la llegada del verano austral, salen desde el puerto fueguino las travesías que cruzan el Pasaje de Drake. La logística previa, la elección del camarote y la ropa por capas son claves para disfrutar del viaje sin sobresaltos.

Por Mercedes PizarroTurismo y sierras · · hace 38 min
Rumbo al fin del mundo: cómo es hoy embarcarse en Ushuaia para una expedición a la Antártida

Imaginate la última orilla del continente americano, donde el mar se vuelve gris plomo y el viento te peina con esa insistencia que solo conoce quien estuvo parado en el muelle de Ushuaia. Ahí, mirando hacia el Canal Beagle, se arman cada año las expediciones que se animan a cruzar el Pasaje de Drake y bajar hasta la Península Antártica. Es un viaje que empieza mucho antes de subir al barco, y que pide cierta dosis de paciencia, algo de humor para los días de mar movido y, sobre todo, muchas ganas de mirar.

Teo Gounaris, CEO de Antarpply Expeditions, lo resume con una frase que funciona casi como consejo de padre: hay que llegar a Ushuaia uno o dos días antes del embarque. La razón es simple y a la vez angustiante: una demora en el vuelo desde Buenos Aires o desde cualquier conexión puede dejarte mirando el barco desde el muelle, sin posibilidad de abordar. Y nadie quiere explicar en casa que se quedó varado en Tierra del Fuego por un…, perdón, por un temporal que retrasó el avión. Por eso la sugerencia es tomarse ese margen y, de paso, recorrer la ciudad, comer un buen cordero fueguino y aclimatarse al frío del sur antes de la aventura.

Antes de zarpar: seguro, ropa y equipo

Además del día extra en la ciudad, Gounaris recomienda contratar un seguro de viaje que contemple la actividad antártica, algo que no todos comercializan. Cada operador incluye en el paquete un listado específico de botas, parkas y prendas exteriores; antes de comprar nada conviene chequear con la empresa qué te proveen y qué te piden llevar a vos. En general, la lógica es la misma que te va a acompañar durante toda la travesía: capas. Capas que puedas poner y sacar según el sol, la sombra, el viento o la cercanía del agua. La temperatura puede cambiar de manera brusca en cuestión de horas y la vestimenta se vuelve una aliada para no pasar frío ni terminar empapado en sudor dentro de un bote Zodiac.

  • Llegar a Ushuaia uno o dos días antes del embarque para evitarse un disgusto con los vuelos.
  • Contratar un seguro de viaje que cubra específicamente la actividad antártica.
  • Confirmar con el operador qué ropa y equipos incluye el paquete y qué debés llevar vos.
  • Vestirte por capas y priorizar prendas térmicas, cortaviento e impermeables.
  • Llevar protector solar, anteojos con filtro UV y guantes resistentes al agua.

La elección del camarote y el cruce del Drake

Una de las decisiones más subestimadas es dónde dormir. Para los pasajeros sensibles al movimiento, los camarotes ubicados en cubiertas bajas y hacia el centro del buque suelen mecerse menos; las cabinas superiores ofrecen mejores vistas pero también hacen sentir más el oleaje. Es una de esas disyuntivas que solo se resuelven cuando uno ya está en alta mar, así que conviene pensarlo antes de reservar. El Buque Ushuaia, por caso, tiene capacidad para 90 pasajeros distribuidos en 46 cabinas y suites, con comedor, biblioteca, salón de observación y un espacio para conferencias, según describe Gounaris.

La navegación arranca en el Canal Beagle y se extiende después por el Pasaje de Drake, esa franja de agua que separa Sudamérica de la Antártida y que tiene fama de brava. El estado del mar varía de una travesía a otra: hay salidas en las que el barco se desliza como si navegara sobre un cristal y otras en las que el movimiento no deja a nadie indiferente. Durante esa etapa, el equipo de expedición dicta charlas sobre geografía, fauna, historia y las normas ambientales que después se aplican en tierra, un programa pensado para ir entramando al viajero con el lugar que está por conocer.

Los desembarcos y la vida a bordo de los Zodiac

La gran diferencia frente a un crucero clásico es que en la Antártida el protagonista es el desembarco. Antarpply procura organizar hasta dos salidas diarias de unas tres horas cada una, siempre que el clima lo permita. En grupos reducidos, los pasajeros abordan embarcaciones neumáticas tipo Zodiac para acceder a costas y ensenadas a las que el buque no puede arrimarse. Las actividades incluyen caminatas por superficies irregulares, observación de témpanos, glaciares y fauna, y siempre bajo la conducción de los guías de expedición.

En ese punto aparece la única exigencia física real del viaje: tener la movilidad suficiente para entrar y salir del Zodiac, sortear rocas mojadas y caminar sobre terreno desparejo. No hace falta ser explorador ni montañista, pero sí estar dispuesto a mojarse los pies y a apurar el paso cuando el guía lo indique. Las decisiones finales sobre si se sale o no las toma el capitán, y el recorrido previsto puede modificarse sobre la marcha por el viento, el oleaje o la presencia de hielo. Durante el verano austral es posible avistar pingüinos, focas, aves marinas y cetáceos, aunque los encuentros con fauna nunca están garantizados. Está prohibido tocar o alimentar a los animales y hay que respetar las distancias y los protocolos de bioseguridad que aplican los tratados antárticos.

El regreso y la despedida del continente blanco

Después de varios días en los que el reloj pierde importancia y la agenda la marca el clima, el buque vuelve al Canal Beagle y los pasajeros bajan en Ushuaia con esa mezcla de alivio y nostalgia que suele dejar la Antártida. Ahí, a unos tres mil kilómetros del Polo Sur y a poco más de mil kilómetros de Buenos Aires por la Ruta Nacional 3, el puerto vuelve a la rutina y los expedicionarios se reparten entre quienes prolongan la estadía en Tierra del Fuego y quienes emprenden el regreso. Si te queda tiempo, te sugiero almorzar en algún restaurante del centro con vista al canal y pedir centolla o merluza negra de la zona; es una manera de cerrar el viaje sin apuro y de procesar todo lo visto, antes de que el ruido de la ciudad te lo borre de un plumazo.

Porque la Antártida se vive así: se entra despacio, se cruza con respeto y se guarda en la memoria como uno de esos lugares a los que uno siempre quiere volver, aunque sea en la foto del muelle de Ushuaia, con el viento patagónico todavía soplando en la cara.

MP
Mercedes PizarroTurismo y sierras

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