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Viernes, 9 de octubre de 2026
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Silver Pines, el pueblo donde la música se pierde y el miedo se encuentra: un metroidvania con alma de pesquisa

Red Walker llega a una localidad atravesada por el ruido de las máquinas y el silencio de las calles para buscar a un músico desaparecido. Plataformas, rompecabezas y monstruos se dan la mano en una aventura que pide paciencia, libreta y revoleo de linterna.

Por Luz BrizuelaCuarteto y espectáculos · · hace 1 h
Silver Pines, el pueblo donde la música se pierde y el miedo se encuentra: un metroidvania con alma de pesquisa

Sepan ustedes, queridos lectores, que hay pueblos que parecen sacados de un disco rayado: uno entra creyendo que va a encontrar la fiesta y termina topándose con la oscuridad. Silver Pines, el juego que hoy nos ocupa, toma esa imagen al pie de la letra y la convierte en una aventura de plataformas con forma de investigación, donde cada baldosa puede esconder una pista y cada sombra, una criatura con malas pulgas. La propuesta, assinada por el estudio responsable del título, se anima a mezclar géneros que no siempre se llevan bien y, contra todos los pronósticos, los hace congeniar.

Yo, que ya peino algunas canas y llevo encima más horas de joystick de las que confesaría en público, me topé con este Silver Pines con la curiosidad intacta y el café bien cargado. Lo que me encontré es un pueblo detenido en el tiempo, con cafeterías que huelen a tostada quemada, tiendas de ramos generales, túneles abandonados y una sensación pegajosa de que alguien, alguna vez, apagó la luz y nunca más volvió a prenderla. Red Walker, nuestro investigador privado de turno, llega hasta allí siguiendo el rastro de un tal Eddie Velvet, un músico que se alojó en el lugar y del que, hasta donde sabemos, nadie volvió a tener noticias ciertas. Esa búsqueda es la mecha que enciende todo lo demás.

Un pueblo que se recorre de costado, con libreta en mano

La cámara se maneja en dos dimensiones y medio, ese formato querido por los adeptos al género, y los escenarios se despliegan como un telón pintado que se corre hacia los costados. No es un mundo abierto al uso: es un laberinto que se abre de a poco, al ritmo de las llaves que uno encuentra y de los códigos que uno descifra. Esa estructura, conocida como metroidvania por los fans y por quienes ya peinamos treinta años de revistas de videojuegos, propone algo que a mí, personalmente, me sigue resultando atractivo: volver sobre los propios pasos.

Porque el truco del asunto está en que no todo se puede resolver en el momento. En más de una ocasión uno levanta un objeto, lo gira entre las manos dentro del inventario y se da cuenta de que no hay con qué usarlo todavía. La cerradura compatible aparece tres pasillos más allá, o dos capítulos después, cuando una conversación o un papel leído al fin arroja la información que faltaba. Esa dinámica obliga a llevar una especie de cuaderno mental de pendientes, una costumbre que recomiendo fervorosamente a cualquiera que se interne en las calles de Silver Pines, porque la memoria, acá, vale tanto como la munición.

“Un pueblo detenido en el tiempo, con cafeterías que huelen a tostada quemada, tiendas de ramos generales, túneles abandonados y una sensación pegajosa de que alguien apagó la luz y nunca más volvió a prenderla.”Luz Brizuela

Cuidar los recursos: la otra forma de sobrevivir

El componente de supervivencia está presente sin ser agobiante. Las criaturas que aparecen en las zonas más oscuras no son decoración: se acercan, atacan y obligan a uno a tomar decisiones rápidas. La munición y los suministros escasean, y el dinero que uno va juntando cumple un papel central, porque sirve tanto para guardar el progreso como para aprovisionarse en unas máquinas expendedoras estratégicamente repartidas por el pueblo. Algunas de esas máquinas, detalle que me hizo torcer el gesto con una sonrisa cómplice, también expenden llaves: uno se queda mirando el precio, mira la billetera, mira la puerta cerrada del fondo y tiene que elegir entre resolver el quilombo inmediato o guardar los mangos para después. Esa pulseada económica le da al recorrido una tensión muy particular, casi de contador amigo en plena partida.

Hacia el final de mi recorrido por Silver Pines me pasó lo de siempre con los buenos juegos de esta clase: que el pueblo empezó a vivirse como un personaje más. Las cafeterías, los túneles, las casas con la puerta entreabierta dejaron de ser decorado para convertirse en territorio conocido, con sus rutinas, sus atajos y sus esquinas donde, uno sospecha, todavía queda algo por encontrar. La pregunta que la aventura deja flotando es musical y es, también, existencial: ¿qué fue de Eddie Velvet, por qué el pueblo se quedó callado y qué papel juega el propio Walker en esa historia que se revela de a poco, como una canción que se arma verso por verso? Si te copa la idea de un survival horror con paciencia de pesquisa, donde la observación pesa tanto como el reflejo, Silver Pines merece una oportunidad. Y ya que estamos, muchachos, este sábado me siento frente a la pantalla con un mate, un cuaderno al lado y la promesa de volver a pisar cada calle que dejé sin terminar. Los espero, como siempre, en el próximo baile.

LB
Luz BrizuelaCuarteto y espectáculos

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