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Miércoles, 14 de octubre de 2026
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Una pera que pesaba demasiado: el operario que la cooperativa no quiso reubicar y terminó ganando el juicio

Después de una década embalando fruta en el Alto Valle, una lesión en el hombro le cambió la vida. La empresa le dijo que no había tareas livianas disponibles. La Justicia neuquina demostró que sí las había y le dio la razón al trabajador.

Por Constanza NietoSociedad y vida · · hace 1 h
Una pera que pesaba demasiado: el operario que la cooperativa no quiso reubicar y terminó ganando el juicio

Me acuerdo perfectamente de la primera vez que escuché esta historia: fue una tarde de esas en las que una vecina del barrio Bouquet Roldán, a quien vamos a llamar Marta como me pidió que la nombre, me contaba entre mates lo que le estaba pasando a su cuñado, embalador de toda la vida en una cooperativa del Alto Valle. Me decía, con esa mezcla de bronca y ternura que tenemos los neuquinos cuando hablamos de los nuestros: 'Le duele el brazo, le dicen que no hay lugar, y el pobre sigue esperando'. Esa imagen, la de un hombre que conoce cada caja de peras y manzanas como si fueran de su familia y que de golpe queda afuera del galpón, es la que me quedó dando vueltas mientras revisaba los expedientes de esta causa que ahora terminó con la cooperativa condenada a pagar una indemnización.

El caso es el de un operario que ingresó en enero de 2011 a una cooperativa de empaque de fruta como embalador de primera categoría. Durante más de diez años armó y cargó cajas en el galpón, una de las tareas más pesadas de toda la cadena, sin registrar sanciones ni llamados de atención. En agosto de 2021, mientras hacía ese trabajo de siempre, se lesionó el hombro derecho. La ART se hizo cargo del tratamiento y en abril de 2022, ocho meses después, le otorgó el alta con una condición que cambió todo: solo podía volver si se le asignaban tareas adecuadas a su lesión, porque levantar cajas quedaba afuera de lo posible.

La carta documento que selló el destino

Con el alta en la mano, el trabajador envió un telegrama pidiendo reincorporarse. La cooperativa respondió por carta documento reconociendo la restricción médica pero diciendo, lisa y llanamente, que no existía ningún puesto disponible que se ajustara a esa limitación. El operario insistió por escrito y hasta se tomó el trabajo de detallar en qué sectores del galpón podía desempeñarse sin levantar peso. La respuesta fue la misma: no hay lugar. Ante esa pared, se consideró despedido en forma indirecta, una figura legal que le permite al empleado cortar el vínculo cuando entiende que la empresa no le dejó otra salida.

“Cuando una empresa alega que no tiene puesto disponible para alguien con limitaciones de salud, es ella la que debe probarlo. La cooperativa no lo hizo.”Juez Luis Trani, Juzgado Laboral N°3 de Neuquén

Lo que declararon los compañeros en el juicio

  • Sellado de etiquetas en la línea de empaque, una tarea que se hace parado pero sin cargar peso.
  • El fichado de cajas con engrudo en el sector conocido como 'el aéreo', donde las cajas se cuelgan en lugar de levantarse.
  • El control de calidad visual de la fruta antes del cerrado de la caja.
  • Tareas de limpieza y orden del galpón en los horarios de menor movimiento.

En el juicio declararon seis compañeros de trabajo. El juez Trani los describió como testimonios coherentes, ordenados y concordantes, y lo que contaron fue clave: cuando alguien se lastimaba o no podía cargar peso, la empresa lo reubicaba en esas funciones. Uno de los testigos señaló que al menos cuatro embaladores habían sido trasladados a otros sectores en situaciones similares a lo largo de los años. Es decir, la cooperativa sí reubicaba gente, pero a este operario en particular no quiso reubicarlo.

La Cámara de Apelaciones terminó de cerrar el círculo y confirmó lo decidido en primera instancia: la condena a la cooperativa por despido indirecto. El fallo dejó una cifra concreta, 676.751 pesos más intereses desde 2022, que en los papeles puede sonar chica al lado de los más de cuatro millones que llegaron a reclamarse, pero que en la calle, en el galpón, en la casa de este hombre, significa algo mucho más grande: significa que durante cuatro años peleó solo contra una empresa que le cerró la puerta y que la Justicia, aunque tarde, le terminó dando la razón.

Me quedo dando vueltas con la imagen de Marta, la vecina del Bouquet Roldán, sirviéndome otro mate y diciéndome con esa voz que tenemos las madres y las tías del sur: 'Qué país este, che, donde tenés que ganar un juicio para que te crean que te duele el hombro'. Tiene razón. Lo que dejó sentado este expediente es algo que parece obvio pero que las empresas suelen olvidar: no alcanza con decir que no hay lugar, hay que demostrarlo. Y si hay otros compañeros que cuentan que ese lugar existió y se usó para otros, la historia cambia. Esta vez, para el trabajador, cambió bien.

CN
Constanza NietoSociedad y vida

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