Amaru en el Picadero: una chica, una familia y el vértigo de decirse lo que falta
La nueva comedia de Andrea Garrote pone en escena a una familia de clase media que sabe discutir sobre adjetivos pero no atreverse con lo importante. Una invitada la desordena todo, y el domingo a las 18 se vuelve un convite irresistible.
Yo que vos no le digo na' / que ha de ser de mi corazón / esa mujer tiene un poder / que nadie puede explicar", arranca la historia así, como arrancan tantas en el baile: con un tango sonando bajito y un grupo de personas que todavía no sabe que ya están enredadas. Pero acá no hay orquesta ni pista, hay una sala del Teatro Picadero y una familia porteña que se pasó la vida discutiendo si conviene decir "rostro" o "cara", y que una noche cualquiera recibe a una chica que termina por voltear el orden de la casa. Esa chica se llama Amaru, que en quechua quiere decir serpiente sagrada, y es la llave que abre la nueva comedia de Andrea Garrote que se ve los domingos a las 18 en la sala de pasaje Discépolo 1857. La función dura 80 minutos y, créanme, los ochenta se pasan como si fueran diez.
Una familia que sabe de sinónimos y poco de abrazos
La madre, el padre y el hijo que Garrote, Carolina Stegmayer y un elenco de cuatro actores ponen en escena son de esos personajes que uno reconoce antes de que terminen de decir la primera frase. Cultos, verborrágicos, amantes de la palabra exacta, se sientan a la mesa con un diccionario bajo el codo y, sin embargo, no logran hablar de lo único que de verdad les pesa. Es una casa donde un debate sobre el uso correcto de un adjetivo puede estirarse una hora entera, pero donde nadie se anima a preguntar "che, ¿estamos bien?". En el fondo, están tan perdidos como cualquiera de nosotros cuando volvemos a casa después de una semana larga. Yo los vi, les juro que los vi, y me dieron ganas de mandarles un WhatsApp a los míos para ver si estaban bien.
Amaru llega una noche como invitada. Es la novia del hijo, y con ella trae un pacto sobre el uso de pantallas, una relación con el tiempo que a esa casa le resulta desconocida y, sobre todo, el contacto afectivo que ahí nunca tuvo lugar. Ella no viene a romper nada, ojo, pero lo rompe todo. La madre desconfía, el padre cae rendido a su influjo y el hijo, Lucas, se queda mirando cómo se le transforma el mundo de adentro para afuera. Marcos Ferrante compone a ese padre en plena crisis de mediana edad con una comicidad que se banca el ridículo sin despeinarse. Julián Cnochaert, como Lucas, alterna el humor con una ternura casi imperceptible, de esas que te llegan dos horas después, cuando ya estás en el colectivo de vuelta. Fiamma Carranza Macchi le da cuerpo a Amaru con una presencia que genera tanto encanto como una inquietud de la que uno no se repone enseguida.
Andrea Garrote, dueña absoluta de la escena
A Garrote la conocí en "Pundonor", su monólogo de 2018 que también pasó por el Picadero, y ya entonces me había quedado pegado eso que tiene ella de llevar un personaje al extremo sin pisar la emoción. Acá interpreta a Mariel, la madre, y lo hace con una precisión cómica que parece fácil y no lo es: cada gesto, cada inflexión de voz, cada pausa cómica está medida con regla, pero el resultado se ve fresco, casi improvisado, como si a esa señora le pasara todo en el momento. La dirección compartida con Stegmayer acierta en sostener el humor durante los ochenta minutos sin que la cosa se caiga en el intento, y hasta se permite sumar en el tramo final un elemento fantástico que no desentona con el tono de comedia reconocible. La escenografía minimalista de Santiago Badillo, además, organiza el espacio en niveles que van contando sin palabras cómo se va corriendo el eje de poder entre los personajes. Minimalista, sí, pero elocuente.
Lo que más me gustó, y se los digo de corazón, es que la obra no se va para el drama cuando podría hacerlo. Es comedia con humor sostenido, construida en varias capas, y la carcajada convive con una incomodidad muy reconocible: uno mira a esa familia y piensa en la propia, en la cena del domingo donde nadie dice lo que tiene que decir y todos hablamos de cualquier otra cosa. Esa incomodidad, que en otras obras puede volverse un sermón, acá se banca en chiste y en silencio, y por eso pega más fuerte. Salí del Picadero con una sonrisa y con una pregunta dando vueltas, que ya es bastante para un domingo a la tarde.
- La obra se llama "Amaru" y se presenta los domingos a las 18 en el Teatro Picadero, pasaje Enrique Santos Discépolo 1857.
- La duración es de 80 minutos y el texto es de Andrea Garrote, que además comparte la dirección con Carolina Stegmayer.
- El elenco lo completan Marcos Ferrante, Julián Cnochaert y Fiamma Carranza Macchi, con escenografía minimalista de Santiago Badillo.
- Recomendación del editor: ir, ver y quedarse hasta el final, porque la última escena cambia la lectura de todo lo anterior.
“¿Qué tan reconocible te resulta esa dinámica familiar donde las palabras tapan lo que no se puede decir? Yo me la banco en silencio, porque la respuesta la tengo escrita en el grupo de WhatsApp de mi casa.”Luz Brizuela
