Arequipa, la Ciudad Blanca que se mira entre volcanes
Piedra volcánica, plazas con historia y cielos siempre despejados: una guía para recorrer el valle del río Chili sin perderse lo esencial, con datos prácticos y direcciones concretas.
Hay una ciudad en el suroeste del Perú donde el río Chili baja sereno entre tres volcanes y las casonas se levantan con una piedra blanca que parece guardar el sol dentro. Esa ciudad es, también, un libro abierto de la historia andina y colonial, y se recorre a pie, con los ojos bien abiertos y el abrigo siempre a mano, porque al caer la tarde la temperatura pega un salto que deja a más de uno en ojotas tiritando.
Cómo llegar y qué clima esperar
Desde Buenos Aires o desde cualquier punto de Argentina lo más cómodo es hacer escala en Lima y tomar un vuelo interno que, según el material de base, demanda una hora y veinticinco minutos hasta el aeropuerto de Arequipa. Una vez en tierra, conviene tener en cuenta un dato que define el viaje: de día el termómetro ronda los 24 grados, pero por la noche cae hasta los 8 o 10 grados. El clima es seco y los cielos suelen estar despejados, así que las vistas panorámicas están casi garantizadas, aunque el mate caliente a la madrugada se vuelve un compañero inseparable.
La Plaza de Armas, el corazón del recorrido
El punto de partida obligado es la Plaza de Armas, rodeada por la catedral y los portales de la Municipalidad, de Flores y de San Agustín. Ese conjunto fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco en 2000, en reconocimiento a una arquitectura que combina técnicas constructivas europeas y nativas. El material distintivo es el sillar, una piedra de origen volcánico que le valió a Arequipa el apodo de Ciudad Blanca y que le da a las fachadas ese tono luminoso que cambia con la luz del atardecer.
La catedral, reconstruida tras el terremoto de 2001, guarda en su interior un órgano fabricado en Bélgica, de 12 metros de alto y 1.218 tubos, que suena durante los oficios dominicales. La visita permite además subir al campanario para mirar la ciudad desde arriba: una parada breve pero rendidora para quien gustan de las perspectivas elevadas.
Iglesias, miradores y un consejo práctico para comer
- A pasos de la plaza, la iglesia de San Agustín ofrece una segunda parada. La entrada a su capilla cuesta 10 soles y, según la información disponible, en ese sector no se permiten fotografías ni registros con dispositivos. Los frescos del interior incorporan vegetación y aves de la selva peruana, una sorpresa para quien espera solo piedra blanca.
- El mirador de Yanahuara es la cita ineludible para contemplar las montañas. Desde allí se aprecia el paisaje que rodea al valle, con el Misti –de 5.822 metros sobre el nivel del mar– como referencia ineludible. Es un buen lugar para sacar fotos a primera hora de la mañana, cuando la luz es más limpia.
- Para almorzar, el material recomienda dejarse tentar por las picanterías y la cocina local, concentradas sobre todo en el entorno del centro histórico. La idea es pedir un plato arequipeño clásico y quedarse a conversar, porque en Arequipa la sobremesa es parte del paisaje tanto como el Misti.
Entre los volcanes que custodian la ciudad aparecen el Misti, el Chachani y el Pichu Pichu, y todavía se ven terrazas agrícolas que recuerdan los sistemas de cultivo incas. Es ese cruce de patrimonio, geografía y cocina el que hace que uno termine la jornada con la mochila llena de imágenes y la libreta llena de anotaciones. Quienes estén armando el itinerario, tengan en cuenta los kilómetros de ruta que separan cada punto: todo está relativamente cerca, pero el sol y el viento seco invitan a caminar descansado y con agua. La invitación queda hecha: ¿por dónde empezarían ustedes, por la plaza, por Yanahuara o por la primera picantería que cruce en el camino?
