Criar también es revisarse: las marcas de la infancia que vuelven con los hijos
El psicólogo Maxi McCoubrey explica por qué tendemos a criar como nos criaron, qué patrones son los más difíciles de soltar y de qué manera darse cuenta de que la propia historia se coló en la crianza.
La cuadra está en calma, pero del otro lado de la puerta de una casa de dos plantas sale un grito que se mezcla con el ruido del colectivo 53 que pasa por la esquina de siempre. En la vereda, Mirta, vecina del barrio de Villa Devoto desde hace treinta años, conversa con la próxima en la fila de la panadería y, mientras acomoda la bolsa con el pan recién horneado, se sincera con una frase que resume lo que muchas madres y padres sienten en silencio: yo a mi hija la crio distinto a como me criaron a mí, pero hay días que me escucho y me da miedo estar repitiendo lo mismo.
La escena podría repetirse en cualquier esquina de la ciudad porque, como explica el psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey, nadie empieza a criar desde cero. Somos hijas e hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, del lenguaje que recibimos y de la época y el contexto cultural en el que nacimos. Esa mochila invisible reaparece a la hora de hablar, de poner límites, de reaccionar ante un conflicto e incluso en las ideas que circulan en la mesa familiar sobre el éxito, el dinero y el afecto.
Qué se repite y qué conviene mirar
McCoubrey aclara que el problema no está en repetir, porque algo siempre se va a repetir, sino en repetir aquello que hizo sufrir sin poder reconocerlo. Lo que hace falta interrumpir, precisa, es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la particularidad de cada uno o hace sufrir de manera sostenida en el tiempo.
- Pérdidas silenciadas que nunca se pudieron elaborar en palabras dentro de la familia.
- Violencias naturalizadas que durante años se presentaron como normales o necesarias.
- Vergüenzas heredadas que se transmiten sin que nadie pregunte de dónde salieron.
- Mandatos rígidos que pasan de una generación a otra y no se discuten.
- Rigidez para tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo distinto a lo esperado.
Querer hacer todo lo contrario tampoco alcanza
De tanto escucharlo, muchas personas llegan a la crianza con la decisión firme de no repetir lo que vivieron. La intención suele ser genuina y valiosa, pero el especialista advierte que criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se termina respondiendo a una pelea pendiente con los propios padres. Quien se crió en un entorno muy rígido, por ejemplo, puede convencerse de que cualquier frustración es traumática y terminar evitando límites que, en realidad, también son una herramienta de cuidado.
“Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma
Una de las señales más claras de que la historia personal está interfiriendo en la crianza, según McCoubrey, es la reacción desmedida frente a una situación cotidiana: una bronca que desborda, una preocupación extrema o la necesidad imperiosa de tener todo bajo control. En esos casos, agrega, cambiar no implica no volver a fallar jamás, sino poder anticiparse un poco. A veces el primer cambio no es no gritar nunca, sino detenerse antes, volver y decir con palabras simples lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto.
En la vereda, Mirta acomoda la bolsa del pan y reconoce que se puso a revisar carpetas viejas después de una discusión con su hija por las notas del colegio. Ahí entendió, me cuenta mientras el colectivo 53 dobla en la esquina, que muchas de las cosas que le exigía eran las mismas que ella sentía que le exigían a ella. Mirar la propia historia, dice, duele, pero también es la única manera de empezar a criar de un modo distinto. Constanza Nieto, Sociedad y vida.
