Cuando la palabra se escapa: claves para recuperarla sin asustarse y señales para no dejar pasar lo que importa
La neuropsicóloga Camila Sánchez Salinas distingue entre un olvido puntual y un cuadro que merece consulta. Recursos simples, señales de alerta y por qué el cansancio, las distracciones y el paso de los años pueden dejarnos con el concepto en la boca y el nombre lejos.
Me lo confesó Adriana, en la vereda de su casa en Villa Devoto, mientras tomábamos mates a la sombra del jacarandá: "Tengo la palabra acá, la siento, pero no me sale". Se rió, un poco incómoda, y me pidió que no la haga repetirlo porque se le nota. Le dije que no se preocupara, que iba a consultar a una especialista para entender mejor eso que nos pasa a casi todos: tener el concepto en la punta de la lengua y el término exacto en cualquier otra parte. Lo que sigue es lo que me explicó la licenciada en Psicología y especialista en Neuropsicología Clínica Camila Sánchez Salinas, y lo que aprendí en el camino para no asustarme de más, pero tampoco dejar pasar lo que sí hay que mirar.
Recursos simples para destrabar la búsqueda
La escena es de lo más cotidiana: uno está contando algo, sabe perfecto de qué habla, y de golpe aparece un hueco donde debería estar la palabra. Antes de que la preocupación se instale, Sánchez Salinas propone un puñado de movimientos que cualquiera puede probar en el momento. Buscar un sinónimo, describir lo que se quiere nombrar, pensar en la letra con la que empieza, imaginar para qué sirve o repasar sus características más visibles son atajos válidos para acercarse al término por otro camino. No es un truco mágico, pero muchas veces alcanza para retomar la idea sin que la conversación se corte.
- Probar con un sinónimo o una palabra cercana que exprese una idea parecida.
- Describir el objeto o la situación: para qué sirve, cómo es, dónde se usa.
- Pensar en la letra inicial o en la cantidad de sílabas como pista para reconstruirlo.
- Conversar sobre temas que nos interesan y contar las cosas con nuestras propias palabras, como ejercicio para mantener la fluidez verbal.
- Bajar el ruido de alrededor: menos distracciones, más atención al hilo de lo que se está diciendo.
“Para acceder a una palabra primero hay que activar su significado y después recuperar los sonidos que permiten pronunciarla. En el fenómeno conocido como punta de la lengua, ese segundo acceso puede demorarse o interrumpirse por un momento.”Camila Sánchez Salinas, licenciada en Psicología y especialista en Neuropsicología Clínica
Es importante entender cómo funciona ese mecanismo, porque ayuda a no dramatizar. Saber qué queremos decir y no encontrar el nombre exacto no es, en sí mismo, una señal de alarma: es un tropiezo habitual al que estamos expuestos a cualquier edad. El cansancio, las distracciones, la presión del momento o simplemente no estar del todo concentrados pueden demorarlo. Con los años, además, tiende a repetirse un poco más, y eso tampoco implica que la palabra se haya perdido para siempre: muchas veces aparece minutos después, en la calle, cuando dejamos de buscarla y la mente se relaja.
Cuándo conviene consultar y qué observa el equipo de salud
La línea que separa un olvido ocasional de una dificultad que merece evaluación es, para Sánchez Salinas, bastante clara. Hay que prestar atención cuando encontrar las palabras se vuelve un problema frecuente, cuando aparecen confusiones al nombrar objetos de todos los días o cuando cuesta seguir una conversación que antes se sostenía sin esfuerzo. También suman los cambios notorios en el habla, tanto los que la propia persona advierte como los que señalan quienes la rodean, porque a veces uno se acostumbra a sus propios atajos y no los registra. Una evaluación clínica y neuropsicológica puede ayudar a entender esos síntomas, orientar el diagnóstico y, sobre todo, descartar o tratar a tiempo lo que haga falta. El criterio central es doble: observar si las dificultades representan un cambio respecto de cómo se comunicaba la persona antes y si interfieren en su vida cotidiana, en el trabajo, en la familia, en la calle.
Antes de irme, pasé a contarle a Adriana lo que había aprendido. Se quedó pensando un instante, me miró con esa seriedad de vecina que conoce a la gente de toda la vida, y me dijo algo que me pareció justo para despedir esta nota: "Mientras pueda reírme y pedirte que me soples la palabra, no me preocupo; el día que no me dé cuenta, ahí sí llamo al médico". Tiene razón: la diferencia, en el fondo, está en no naturalizar lo que cambió y en darse permiso para consultar sin sentir que se exagera. Después de todo, tener las palabras en la punta de la lengua es algo muy humano; lo importante es no dejar que se instalen ahí para siempre.
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