La dieta nórdica como horizonte y no como receta: qué dice el estudio sueco que volvió a ponerla en agenda
Un análisis sobre más de 64 mil adultos asoció ese patrón alimentario con una reducción estimada del cuatro al seis por ciento en la mortalidad general, aunque con matices que conviene tener en cuenta antes de llevar el informe a la mesa.
Avanzo por la esquina de siempre, en el barrio, y me cruzo con Marta, que vive a dos cuadras y nunca falla a su recorrida matutina. Mientras acomoda la bolsa de las compras, me pregunta qué se sabe de la famosa dieta nórdica que volvió a aparecer en los portales de noticias. Le cuento que un equipo de las universidades de Aarhus y Upsala siguió durante más de dos décadas a 64.406 adultos suecos de mediana y avanzada edad, y que en las conclusiones volvió a aparecer una asociación entre esa pauta alimentaria y una mortalidad más baja. También le aclaro, como le aclaro a cualquier vecino que me pregunta, que el número no es una promesa de vida larga ni un pase libre a la cocina escandinava.
El trabajo, que utiliza información relevada entre 1997 y 2019, no es un ensayo clínico donde a un grupo se le asignó una dieta y a otro no. Es un análisis estadístico que compara escenarios hipotéticos: qué habría pasado si toda esa población hubiera seguido la llamada dieta nórdica saludable, qué habría pasado si hubiera seguido las Recomendaciones Nórdicas de Nutrición de 2023 y qué habría pasado sin una pauta específica. La diferencia de mortalidad estimada entre adherirse a esa dieta y mantenerse sin una intervención alimentaria fue del seis por ciento, y del cuatro por ciento frente a las recomendaciones nórdicas vigentes. Son cifras que suenan modestas, pero que aplicadas a poblaciones grandes pueden traducirse en miles de personas.
Qué se pone en el plato y qué se deja afuera
- Más espacio para cereales integrales como avena, centeno y panes de harina entera, en lugar de los refinados.
- Legumbres, verduras y frutas de estación como base cotidiana, incluyendo opciones locales como lentejas, garbanzos, zapallo, manzanas y peras.
- Pescado cuando el presupuesto lo permita, junto con frutos secos y aceites vegetales en cantidades moderadas.
- Menos carnes procesadas, ultraprocesados, productos con exceso de azúcar, grasas saturadas, manteca y bollería industrial.
El patrón admite adaptaciones con lo que se consigue en cualquier verdulería del barrio. Marta me escucha y enseguida hace el cálculo que hacemos todos: algo de avena, legumbres que ya conoce, verduras de estación y pescado cuando la plata alcanza. No hace falta importar centeno ni pagar aceite de canola para acercarse a la idea. La propuesta es, en el fondo, bastante razonable: comer más vegetal, integral y pescado, y recortar lo que ya sabemos que sobra. Lo que cambia, según los autores, es el porcentaje de adhesión a esa pauta.
Lo que el estudio no prueba
Los propios investigadores reconocen que los resultados dependen de supuestos estadísticos y que no alcanza para afirmar que la dieta, por sí sola, prolongue la vida. Tampoco encontraron una reducción clara de las complicaciones hepáticas graves, que era uno de los objetivos centrales del trabajo. Por eso, en lugar de leer estos datos como una recomendación cerrada, prefiero leerlos como una señal más dentro de un consenso que hace tiempo insiste en lo mismo: comer más entero, más vegetal y menos procesado, sin importar la bandera que lleve la receta.
Cuando vuelvo a cruzarme con Marta al final del día, todavía con la bolsa a cuestas, me dice que va a probar con la avena y las lentejas que ya tiene en la alacena, y que dejará el pescado para los días en que el bolsillo le dé. Le digo que es una forma tan válida como cualquier otra de sumarse a este debate. La dieta nórdica, en su versión rioplatense, vuelve a casa.
