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La IA le tiró un pase a una científica del MIT y el presupuesto lo dejó en el mostrador

Un equipo del Whitehead Institute probó Co-Scientist, la herramienta de Google que arma hipótesis científicas. La propuesta que les devolvió sorprendió, pero al pedirle algo realizable en un doctorado promedio, no quedó en pie.

Por Lautaro FaríasTecnología y ciencia · 23 de septiembre de 2026 · hace 1 h

¿Puede una inteligencia artificial pensando como una becaria de doctorado? Sí, en teoría. ¿Puede hacer lo mismo con plata para un café con medialunas? Ahí la cosa cambia, y un grupo del Whitehead Institute lo comprobó en carne propia.

La bioquímica Anna Pertl está haciendo su doctorado en ese instituto de Cambridge, Massachusetts, y decidió poner a prueba a Co-Scientist, el sistema de Google que se anima a proponer hipótesis científicas. El blanco elegido fue la proteína MYC, involucrada en la mayoría de los cánceres y un hueso duro de roer desde hace décadas.

Un ida y vuelta que arrancó torcido

Como cuando le explicás a alguien cómo llegar a tu casa y te dice que sí mientras va para el lado contrario, Co-Scientist arrancó confundiendo dos cosas básicas: tomaba al fármaco como blanco en vez de los cúmulos de proteínas, y les asignaba siempre una función activadora cuando algunas hacen exactamente lo opuesto. Corregir eso les llevó a Pertl y a su colega Kalon Overholt casi una hora de ida y vuelta.

Con el planteo ya afinado, la herramienta se tomó una noche entera, revisó más de 700 estudios, masticó 108 estrategias y se quedó con una sola. La idea era tan rara como llamativa: en vez de desarmar los cúmulos de proteínas que activan el gen MYC, había que pegarlos entre sí hasta tapar la lectura del ADN. Overholt lo resumió así:

Nunca habíamos pensado en nada parecido.

El presupuesto manda

Entonces llegó el momento de la verdad, el del laboratorio, donde las hipótesis pelean contra los tubos de ensayo y la tarjeta de crédito. Pertl repitió la consulta, esta vez con las restricciones reales de un doctorado: tiempo acotado, plata para hacer unas pocas pruebas y nada más. Resultado: cero propuestas viables.

El químico computacional Anton Sinitskiy, de la Universidad Northeastern, lo puso en palabras simples: generar ideas puede ser cuestión de minutos, pero comprobarlas sigue siendo cuestión de meses. Su colega Ross King, biólogo computacional de la Universidad de Cambridge, coincidió y agregó que los protocolos que arma la IA son más bien recetas, útiles como punto de partida pero lejos de un plan ejecutable.

  • Generar hipótesis con IA puede ser rápido y hasta sorprender.
  • Definir bien el problema sigue siendo trabajo humano ineludible.
  • Validar en el laboratorio exige presupuesto, tiempos y manos que la IA todavía no resuelve.

El episodio deja una imagen bastante clara: la inteligencia artificial puede servir como cerebro extra en la mesada de la ciencia, pero todavía se choca con la parte más terrenal del trabajo, esa que un becario del Conicet o del MIT conoce bien, como cuando ves un gol en la tribuna pero no te alcanza el bondi para llegar a la cancha. Si te sirve, probalo, con la cautela de quien sabe que la última palabra la tiene el laboratorio.

LF
Lautaro FaríasTecnología y ciencia

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