La mesa compartida, ese lugar donde los chicos empiezan a aprender a comer
Un consenso de especialistas argentinos en nutrición pediátrica vuelve a poner el foco en algo tan viejo como una familia sentada a la mesa: el entorno, los tiempos y los interlocutores pesan tanto como lo que hay en el plato.
Me cruzo a Irma por la vereda de siempre, la de su casa en el barrio de San Cristóbal, mientras acomoda la bolsa con el pan que acaba de comprar en la esquina. Tiene seis nietos, dos en edad escolar y cuatro adolescentes que, según me cuenta con esa mezcla de resignación y cariño que conozco bien, cada vez comen más encerrados en sus cuartos. "Yo les digo que bajen, que se sienten a la mesa conmigo, pero ya sabés cómo son los pibes de ahora, todos con el celular", me dice mientras niega con la cabeza. Le pregunto qué cena esta noche y me responde, casi como excusándose: "Lo que haya, lo que quieran". Esa imagen, la de una abuela peleando contra las pantallas para que la mesa siga siendo un lugar de encuentro, es exactamente el escenario que preocupa a los especialistas que acaban de presentar el consenso NutreAR en el 9° Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica, organizado por la Sociedad Argentina de Pediatría.
El documento, elaborado por PROFENI (Profesionales Expertos en Nutrición Infantil), recorre la alimentación de chicos de 2 a 17 años y propone mirar más allá del menú. La idea que lo articula se llama comensalidad: todo lo que rodea al acto de comer, desde con quién se comparte la mesa hasta el momento del día en que se concreta, pasando por las distracciones que se permiten o se prohíben. La premisa es que los niños y adolescentes no solo aprenden qué comer, sino también cómo, cuándo y con quién hacerlo, y que ese aprendizaje deja marcas que duran toda la vida.
Aprender comiendo, mirando al otro
Uno de los mecanismos más subrayados por el consenso es el de la imitación. Los chicos que ven a su entorno cercano comer variado, probar alimentos nuevos y disfrutar de la mesa, incorporan con más facilidad nuevos sabores y texturas. Cuando esa referencia se pierde, o cuando el menú familiar se vuelve muy limitado, se instala lo que los pediatras llaman selectividad alimentaria: el chico que come siempre lo mismo y se resiste a probar otra cosa. "La ventana para ampliar el repertorio se va cerrando con los años", explican los autores, que recomiendan ofrecer de manera recurrente opciones nuevas sin convertir cada comida en una batalla.
- Sostener al menos una comida compartida por día; la cena suele ser la más viable por los horarios laborales y escolares.
- Evitar consolidar menús demasiado restringidos: ofrecer siempre algo nuevo, aunque el chico lo pruebe apenas.
- Entender que la mesa familiar no excluye otras formas de comensalidad: cenar con amigos cumple la misma función social.
- Prestar atención al uso de pantallas durante las comidas, especialmente a partir de los 14 o 15 años, cuando crece la tendencia a comer solo en el cuarto.
La comensalidad tampoco termina en la puerta de la casa. El consenso pone la lupa en los comedores escolares con menús planificados con criterios nutricionales y en las viandas que las familias preparan en casa, dos espacios que amplían el repertorio de los chicos cuando los almuerzos en familia se hacen imposibles. También recuerda que las necesidades nutricionales varían mucho según la edad: no es lo mismo el plato de un nene de dos años que el de un chico de diez o el de un adolescente de dieciséis que está terminando el crecimiento.
Antes de despedirnos, en la puerta de lo de Irma, le cuento lo que vine a buscar y ella se queda pensando un momento. "Mirá, yo toda la vida cociné para los míos y para los nietos, y nunca me había puesto a pensar que el problema podía ser la pantalla y no la comida", me dice. Le prometo que le voy a mandar la nota y me promete, a cambio, que esta noche va a insistir con la sobremesa. No sé si va a poder contra los celulares de sus adolescentes, pero al menos lo va a intentar. Y en el fondo, eso es exactamente lo que el consenso le está pidiendo a las familias: volver a la mesa, aunque sea un ratito, aunque sea peleando.
