Martes, 22 de septiembre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
PortadaVida
Vida /

La pantalla que no se apaga: por qué el celular nos mantiene en vilo aunque lo dejemos en el sillón

El neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin, ambos investigadores del CONICET, explican en su libro (Des)Conectados los mecanismos que nos dejan pendientes del teléfono aun cuando no lo estamos mirando. Miedo a quedar afuera, notificaciones fantasma y memoria en jaque: lo que hay que saber para mirar de cerca la vida digital familiar.

Por Constanza NietoSociedad y vida · 22 de septiembre de 2026 · hace 55 min

La otra tarde, en el patio de Margarita, en el barrio de Caballito, mientras tomábamos mates bajo la parra, la vi levantar el celular tres veces en menos de cinco minutos sin que nadie la hubiera llamado. Cuando le pregunté qué esperaba, me miró como si la hubiera descubierto en algo íntimo y me dijo, con una sinceridad que me desarmó: "No sé, capaz me llegó un mensaje y no lo vi". Esa escena chica, de una tarde cualquiera, es exactamente el punto de partida del libro (Des)Conectados, escrito por el neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin, ambos investigadores del CONICET, y hoy me sirve para ordenar lo que ellos cuentan sobre cómo el teléfono se quedó con un pedazo enorme de nuestra atención cotidiana, incluso cuando lo tenemos lejos, incluso cuando juramos que no lo estamos mirando.

Vibraciones que no existen y el cuerpo que igual responde

Ballarini y Bonnin describen un fenómeno que la mayoría conoce pero pocos se animan a poner en palabras: sentir que el teléfono vibró en el bolsillo, sacarlo con una mezcla de expectativa y culpa, y descubrir que no había entrado absolutamente nada. Para los autores, esa experiencia no es un capricho ni una exageración de personas ansiosas: es la prueba de que el cerebro está entrenado para anticipar avisos digitales, y que cualquier roce de la ropa, cualquier rumor cercano, se interpreta como una señal del aparato. Esa expectativa, sostienen, funciona como una especie de motor silencioso que nos mantiene pendientes del dispositivo aunque lo hayamos dejado a un lado.

El FOMO: cuando perderse un mensaje duele como quedarse afuera

Una de las claves del libro es lo que los especialistas llaman FOMO, por sus siglas en inglés, que se traduce como el miedo a quedar afuera de lo que está pasando. Para los adolescentes, dicen Ballarini y Bonnin, perder acceso a las conversaciones digitales puede sentirse como una exclusión concreta de su grupo de pertenencia, y esa sensación no se limita únicamente al chat: también abarca las actividades que se están organizando y los intercambios en los que no pueden participar. Lo que me parece importante subrayar, y acá sigo de cerca el planteo de los autores, es que esa inquietud no se queda en el plano emocional: también deja huella en el rendimiento.

  • Estar pendientes de las novedades digitales reduce los recursos cognitivos disponibles para concentrarse en lo que ocurre alrededor, según explican Ballarini y Bonnin en (Des)Conectados.
  • Los investigadores asocian un mayor miedo a quedar afuera con un menor rendimiento de la memoria y de la atención sostenida.
  • Las notificaciones fantasma, esas alertas que sentimos pero nunca llegan, muestran que la espera se mantiene activa aunque no haya un aviso real.
  • Reconocer la dependencia no pasa solo por contar las veces que desbloqueamos la pantalla: también implica advertir la preocupación por perderse algo o la expectativa constante de que llegue un mensaje.
  • Para los autores, dejar el dispositivo no siempre se vive como guardar una herramienta, porque las pantallas alojan conversaciones, vínculos y actividades que ya forman parte de la vida diaria.

Recuperar espacio para pensar, un acto casi cotidiano

El planteo de Ballarini y Bonnin no va por el lado de la prohibición ni del sermón: apunta a recuperar el valor del conocimiento y la memoria, y a evitar que los dispositivos terminen concentrando todo el esfuerzo de pensar. Cuando volví a ver a Margarita, la encontré con el celular boca abajo en la mesa ratona, y me dijo, medio en broma, que estaba "desentrenándose". Le creí. En la vida familiar, advertí mientras conversábamos, estos hábitos no se combaten con grandes discursos sino con gestos chicos, repetidos, que devuelven a la atención el lugar que el teléfono le viene de sale.

CN
Constanza NietoSociedad y vida

Te puede interesar