La panza no avisa dos veces: por qué el intestino pide variedad, calma y consulta médica
Gases, hinchazón o cambios en las evacuaciones que se repiten merecen atención profesional. Fibra, fermentados, menos ultraprocesados y movimiento: claves cotidianas para cuidar la microbiota, según especialistas en nutrición clínica.
Son las nueve de la mañana en la esquina de mi barrio, en cualquier ciudad de la Argentina, y la escena se repite: en la vereda, una señora de unos cincuenta y tantos, a la que todo el mundo conoce como Claudia, le cuenta a la verdulera que hace más de un mes vive con la panza hinchada, que los gases ya no la dejan ni dormir y que algo tiene que estar mal. Yo me acerco porque la escucho, le pregunto cómo está comiendo y me responde casi sin pensarlo: todos los días arroz, milanesa, fideos y mate cocido con galletitas, como desde que era chica. Lo que para ella es costumbre, para el intestino es monotonía, y la diferencia importa más de lo que parece, porque detrás de ese patrón repetido puede esconderse un desequilibrio silencioso que los especialistas llevan años estudiando.
La nutricionista clínica Marcie Vaske lo resume con una idea fuerte: convivir con gases, hinchazón, reflujo o cambios persistentes en las evacuaciones no debería volverse costumbre, y cuando esas molestias se prolongan hay que sentarse en un consultorio para que alguien las evalúe, porque pueden responder a intolerancias, a una enfermedad digestiva o a una alteración de la microbiota, entre otras causas, y ninguna receta general ni ningún consejo de pasillo alcanza para resolverlas.
La variedad, primera línea de cuidado
El intestino aloja bacterias, virus, hongos y otros microorganismos que participan en la digestión, en las defensas y hasta en la forma en que obtenemos energía de los alimentos, un conjunto al que se conoce como microbiota, y cuya composición cambia con el tiempo según lo que comemos, los medicamentos que tomamos y el ritmo de vida que llevamos, como advierte el Instituto Nacional de Ciencias de Salud Ambiental de Estados Unidos. La fibra alimenta a parte de esos microorganismos y se consigue de manera bastante accesible en la verdulería del barrio, porque aparece en frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales. La Organización Mundial de la Salud aconseja incluir estos grupos de alimentos y llegar, como mínimo, a 400 gramos diarios de frutas y verduras, una cifra que en la Argentina muchos hogares no alcanzan, sobre todo cuando se cocina rápido y se repite el menú.
- Frutas y verduras frescas, lavadas y, si se puede, con cáscara, para conservar la fibra.
- Legumbres como lentejas, garbanzos o porotos, al menos dos veces por semana.
- Frutos secos en cantidades pequeñas, por ejemplo un puñado a media tarde.
- Cereales integrales en lugar de los refinados, como arroz integral o pan de salvado.
- Agua suficiente durante el día, ya que la fibra necesita líquido para cumplir su función.
Esa diversidad suele caerse cuando predominan los ultraprocesados, esas comidas prácticas que muchas veces terminan en la mesa por cansancio o por falta de tiempo. La dietista Jenna Volpe advierte que sostener ese patrón puede modificar la microbiota y favorecer procesos inflamatorios, un dato que pone en perspectiva la consulta de Claudia en la vereda, porque su menú de siempre, lejos de ser inofensivo, puede estar empobreciendo el ecosistema intestinal día tras día.
Fermentados, antibióticos, estrés y movimiento
Los alimentos fermentados, como el yogur natural, el kéfir o el chucrut, pueden sumar diversidad y formar parte de una dieta variada, pero, como aclara Volpe, incorporarlos no sustituye una consulta profesional si las molestias vuelven, y esa aclaración es clave para no caer en soluciones mágicas que circulan por redes sociales y que prometen curarlo todo con un vaso de kéfir por día.
También importa cómo se usan los antibióticos, porque son medicamentos necesarios frente a infecciones bacterianas cuando están indicados, aunque su utilización innecesaria puede afectar microorganismos beneficiosos, y la recomendación sanitaria es tomarlos siempre con prescripción médica y completar el tratamiento, sin cortar antes de tiempo ni automedicarse ante el primer síntoma gripal, un error todavía frecuente en la consulta cotidiana.
El funcionamiento digestivo se ve modificado, además, por el estrés, que la gastroenteróloga Asma Khapra explica como un factor capaz de alterar los movimientos que desplazan el contenido del tubo digestivo y de aumentar la sensibilidad intestinal, algo que resuena con fuerza en las rutinas argentinas atravesadas por la incertidumbre económica y laboral.
El movimiento corporal integra este cuidado: para adultos, la Organización Mundial de la Salud recomienda entre 150 y 300 minutos por semana de actividad física moderada, lo que se traduce en apenas media hora diaria caminando a buen paso, algo que, sumado a una alimentación variada, puede aliviar síntomas y mejorar la composición de la microbiota.
Antes de irme de la vereda le sugiero a Claudia que no repita más el menú de memoria y que saque un turno con un profesional, porque su panza lleva demasiado tiempo mandándole señales. Cuando vuelvo a cruzarla, unos días después, me dice que la empezaron a estudiar y que ya entendió que cuidar el intestino no es una moda ni un capricho, sino una forma de prestarle atención al cuerpo antes de que las molestias terminen instaladas, algo que, visto de cerca, nos termina pasando a casi todos en algún momento.
