Saltar al contenido
Sábado, 17 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instante
Portada › Vida ›
Vida /

La trampa de ser el pilar de todos: cuando el que siempre contiene queda solo al llegar a los 60

La psicología clínica describe un perfil paradójico: personas competentes, queridas y siempre disponibles que, al entrar en la madurez, descubren que sus vínculos fueron sobre todo funcionales. Reconocerlo a tiempo es la diferencia entre envejecer sostenido o envejecer en silencio.

Por Constanza NietoSociedad y vida · · hace 1 h
La trampa de ser el pilar de todos: cuando el que siempre contiene queda solo al llegar a los 60

A la vuelta de la esquina de mi casa, en el barrio de Once, doña Marta todavía atiende el teléfono como si tuviera treinta y cinco. La conozco desde que mis viejos compraron el departamento: fue ella quien me recomendó el plomero, quien me contuvo cuando se me separó el marido, quien me armó la carpeta para el subsidio de la luz. Tiene sesenta y dos años, dos hijas grandes que viven en otra provincia y un marido que se jubiló hace poco y ahora sale con los amigos del club. El domingo pasado, mientras tomábamos mate en su cocina, me dijo algo que se me quedó dando vueltas: "Yo soy la que escucha, pero nadie me pregunta cómo estoy". Esa frase, que podría sonar a queja, en realidad abre una conversación mucho más profunda que toca un nervio de la psicología clínica contemporánea: el de quienes llegan a la madurez rodeados, pero profundamente solos.

El "cuidado compulsivo": cuando ayudar se vuelve identidad

Lo que le pasa a Marta no es un caso aislado ni mucho menos una falla de carácter. Los profesionales lo llaman "cuidado compulsivo": la construcción de una identidad entera alrededor de la fortaleza y la disponibilidad permanente. Quien ocupa ese lugar escucha, aconseja, media, resuelve. Está ahí para el cumpleaños del sobrino, para el trámite difícil del vecino, para la crisis de pareja de la amiga. Lo que casi nunca ocurre es el movimiento inverso. El entorno, con el paso de los años, aprende a leer a esa persona como un recurso: alguien sólido al que se recurre, no alguien que también necesita que lo recuren a él.

El mecanismo se vuelve visible cuando cambia el escenario. Una salida del mercado laboral, una pérdida personal, la jubilación o cualquier crisis propia expone que buena parte de los vínculos dependían de una utilidad concreta: el acceso a experiencia, a contactos, a capacidad de gestión, al consejo atinado. Cuando esa utilidad se disipa porque la etapa cambió, la red se afina de manera notable. Investigaciones sobre dinámica de grupos humanos, entre ellas las realizadas en el MIT, confirman que los lazos sostenidos casi exclusivamente sobre la función tienden a colapsar cuando el contexto se modifica, mientras que los construidos sobre reciprocidad genuina sobreviven a esas transiciones.

Pedir ayuda como amenaza a la propia imagen

Hay un segundo obstáculo, más íntimo y por eso más difícil de revertir: la dificultad para pedir auxilio. Quienes ejercieron durante décadas el rol de cuidadores suelen asociar el pedido de ayuda con una amenaza a su autoestima. Mostrar vulnerabilidad les resulta incómodo porque contradice la imagen que ellos mismos ayudaron a construir, y esa incomodidad los lleva a transitar sus propias crisis en soledad, aun cuando tengan personas físicamente cerca. "Uno se acostumbra a ser el que banca, y cuando necesita que lo bankeen no sabe ni cómo empezar a pedirlo", me dijo Marta, mientras servía otro mate con la misma sonrisa con la que recibió a sus hijas el domingo anterior.

Qué propone la psicología para revertirlo a tiempo

La salida que plantea la disciplina no pasa por dejar de cuidar a los demás, sino por habilitar la reciprocidad. Implica, en la práctica, dos movimientos concretos: comunicar las propias necesidades sin esperar que el entorno las adivine, y revisar qué vínculos se sostienen solamente por la utilidad que uno aporta. También sugiere revisar el propio catálogo de relaciones y detectar cuáles son genuinamente recíprocos y cuáles dependen de un rol que, tarde o temprano, se va a modificar. Cuanto antes se trabaje ese patrón, más margen hay para construir lazos de ida y vuelta antes de que la red social se reorganice inevitablemente en torno a la jubilación o a cualquier otro cambio de etapa.

  • Identificar el propio patrón: la persona puede rastrear en qué medida construyó su identidad casi exclusivamente alrededor de "ser útil" para los demás.
  • Comunicar necesidades sin esperar que el entorno las adivine: explicitar lo que uno siente o necesita, en lugar de sostener la imagen de autosuficiencia.
  • Revisar qué vínculos son recíprocos y cuáles dependen de la función que uno cumple: prestar atención a qué relaciones sobreviven cuando uno deja de "resolver" o "gestionar".
  • Construir pequeños pedidos de ayuda en la vida cotidiana, aunque parezcan menores, para entrenar la vulnerabilidad y habilitar la reciprocidad.
  • Buscar espacios donde la contención sea mutua, como grupos de pares, talleres o actividades donde se comparte desde un lugar de igualdad y no de asistencia.

Antes de irme, ese domingo, le pregunté a Marta qué era lo que ella necesitaba y que nadie le preguntaba. Se quedó callada unos segundos, miró la pava, y después me dijo: "Que alguien me llame para ver cómo estoy, sin que yo haya llamado antes". Cuando bajé las escaleras hasta la puerta del edificio pensé que en esa frase había un mapa entero: el de los que llegaron a los 60 sosteniendo a todos y todavía no aprendieron a dejarse sostener. La buena noticia, dicen los especialistas, es que nunca es tarde para empezar a practicar la reciprocidad. Y la mejor, que a veces alcanza con un llamado.

CN
Constanza NietoSociedad y vida

Te puede interesar