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Domingo, 4 de octubre de 2026
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Limoges, la capital del esmalte y la porcelana: dos oficios milenarios que se pueden tocar con las manos

A medio camino entre París y Toulouse, la ciudad francesa abre las puertas de sus museos históricos y de los talleres donde todavía se trabaja el esmalte medieval y la porcelana con más de dos siglos de tradición.

Por Mercedes PizarroTurismo y sierras · · hace 2 h
Limoges, la capital del esmalte y la porcelana: dos oficios milenarios que se pueden tocar con las manos

El río Vienne entra a Limoges como quien llega a una ciudad que todavía se toma en serio las cosas que se hacen con las manos. Caminar por su centro es cruzarse con fachadas de piedra que llevan ahí desde hace siglos, pero también con talleres donde el esmalte brilla con la misma intensidad que hace mil años y con hornos que no se apagaron nunca. Limoges, esa ciudad que muchos asocian únicamente con una vajilla fina, es en realidad un museo a cielo abierto para quien quiera entender por qué esta parte de Francia se ganó un lugar en la historia de las artes decorativas.

Para llegar, hay que pensar en que está enclavada en el centro del país, a unas tres horas y media de París por la autopista A20 hacia el sur, y a poco más de tres horas de Toulouse por la misma ruta pero en sentido inverso. Esa ubicación, casi equidistante, la fue convirtiendo en un punto de encuentro de caminos, de mercaderes y de ideas, y explica por qué aquí se cruzaron el conocimiento bizantino del esmalte, la materia prima del caolín que brotó de las canteras vecinas y la paciencia de generaciones de artesanos que fueron puliendo una técnica hasta convertirla en un sello de identidad.

Museo Nacional Adrien Dubouché: la porcelana tiene su casa grande

La parada obligada es el Museo Nacional Adrien Dubouché, que lleva el nombre de un mecenas del siglo XIX que se empecinó en juntar la mejor colección posible de porcelanas producidas en la región. El recorrido va contando, pieza por pieza, cómo fue mutando el oficio: se ve el servicio Grain-de-riz, elaborado por la manufactura Pouyat en 1878, con esa decoración blanca sobre blanco que parece un bordado; las piezas de Haviland, que a mediados del siglo XIX le abrió la puerta a las influencias japonesas cuando todavía casi nadie en Europa miraba hacia Oriente; y el pasaje por el art nouveau y el art déco, que dejaron en la porcelana de Limoges algunas de sus formas más delicadas y más arriesgadas.

El museo abre de miércoles a lunes, en general entre las 10 y las 12.30 y por la tarde desde las 14 hasta las 17.30, aunque conviene confirmar antes de ir porque el horario cambia con las estaciones. La entrada ronda los 7 euros y la colección permanente bien vale la pena dedicarle al menos una mañana entera, sobre todo si uno se deja llevar por las vitrinas que muestran la evolución de las formas, desde las vajillas más clásicas hasta las piezas casi escultóricas del siglo XX.

Museo de Bellas Artes: mil años de esmalte en un palacio

A pocos minutos a pie, en el antiguo palacio episcopal, está el Museo de Bellas Artes, donde la historia es todavía más larga. El guía local Eric Boutaud lo resume con una frase que se queda dando vueltas: acá hay más de 1200 piezas de esmalte, desde el siglo XI hasta hoy. La más antigua es una medalla azul de unos tres centímetros, trabajada alrededor del año 1000, una minucia que ya en ese entonces demostraba un dominio técnico asombroso. Después vienen los relicarios medievales, las piezas renacentistas de Léonard Limosin, y un salto hasta la actualidad con la virgen negra Notre-Dame de la Pleine Lumière, realizada íntegramente en esmalte por Léa Sham's y Alain Duban, que se expone en la catedral Saint-Étienne, a una cuadra del museo.

Talleres para meter las manos en la masa

  • Comprar vajilla a precios de fábrica en las casas de porcelana que rodean el centro, donde se consiguen desde platos clásicos hasta piezas de autor.
  • Visitar pequeños talleres de joyería esmaltada, una técnica que viene de la Edad Media y que sigue viva en locales del casco histórico.
  • Participar de una actividad de iniciación en porcelana o en esmalte, que dura entre una y dos horas y termina con una pieza propia lista para llevar a casa.
  • Recorrer las antiguas manufacturas reconvertidas en espacios de visita, donde se ven los hornos originales y se entiende por qué el caolín y la leña de los bosques cercanos fueron la combinación que cambió todo a partir de 1760.

Después de tanto caminar y mirar, el cuerpo pide sentarse a la mesa. Yo me permito recomendar el restaurante Le 27, en el número 27 de la rue de la Boucherie, en pleno corazón medieval: cocina del terruño, productos de estación y una carta de vinos del suroeste que entra sola. Está abierto al mediodía y a la noche, de martes a sábado, y los domingos solo al mediodía. Si se prefiere algo más informal, en el mercado de la Plaza de la Motte, que se monta los miércoles y sábados por la mañana, se comen embutidos, quesos y preparaciones regionales a precios que todavía son los de toda la vida.

Limoges no es una ciudad que se visite apurado. Hay que llegar, dejar el auto en uno de los estacionamientos del centro, y entregarse a la idea de que acá el tiempo se mide en capas de esmalte y en hornadas de porcelana. Si el viaje se arma con base en la capital, la distancia desde París por la A20 ronda los 400 kilómetros, y desde Toulouse hay unos 280 kilómetros por la misma autopista, sentido norte. Una noche alcanza para los museos, dos para meterse en los talleres, y tres para entender de verdad por qué esta ciudad del centro de Francia sigue siendo, después de más de mil años, la capital mundial del esmalte y una de las cunas de la porcelana europea. Anímense, que vale la pena.

MP
Mercedes PizarroTurismo y sierras

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