A 84 kilómetros de la ciudad, una huella de carretas que hoy se come y se recorre
Un camino real del siglo XVII, hoy pavimentado, une la ruta 7 con Villa Ruiz a través deCarlos Keen: allíconviven asados criollos, viñedos con malbec, granjas con animales, tirolesas y la memoria de las guerras civiles, en una jornada que arranca a las diez de la mañana y termina con la merienda.
Me gusta imaginar cómo era esto hace cuatrocientos años, cuando las carretas se hundían en el barro y lospostillonesazotaban a los caballos para llegar a la próxima posta. Hoy ese mismo camino, que los historiadores llaman el Camino Real al Alto Perú, se transita cómodo, asfaltado, y a veces uno se olvida de que está pisando la misma huella por donde pasaron los ejércitos del siglo XIX y los arrieros con su pregonar cansino. Pero no nos engañemos: el viaje de hoy no se mide en leguas sino en platos. A 84 kilómetros de Buenos Aires, en el partido de Luján, la historia se degusta con los cinco sentidos.
Cómo llegar, sin perderse en el intento
El camino es el Camino Secundario Provincial 064-05, conocido popularmente como el Camino Real. Quienes salgan desde la ciudad deben tomar el Acceso Oeste hasta Luján y empalmar con la ruta 7. El punto justo para doblar es el kilómetro 72, a la derecha. Desde allí, los primeros establecimientos aparecen a los pocos minutos; Carlos Keen queda a 12 kilómetros del desvío y Villa Ruiz, el final del recorrido, otros cuatro más adelante. Los 16 kilómetros del trazado están pavimentados y se pueden hacer sin apuro, idealmente con el estómago vacío y la cámara del celular cargada.
A la altura del kilómetro 74, casi sin darse cuenta, el paisaje cambia: aparecen las tranqueras abiertas, los caballos en los potreros, el aroma inconfundible de algo que se está cocinando a las brasas. Es la señal de que el domingo, para esta gente, empieza con cuchillo y tabla.
La primera parada: spa, granja y un almuerzo que se estira hasta la merienda
En la entrada, del lado derecho, lo recibe un lodge con spa y un menú de actividades de aventura que va desde cabalgatas hasta canopy. Dos kilómetros más adelante, la jornada toma otro ritmo: una granja con laguna donde el mediodía es una mesa larga con fiambres, empanadas, pastas caseras, asado y postre, y donde la sobremesa se llena con talleres de amasado de pan y el llanto de los corderos que quieren mamar. La propuesta arranca a las diez de la mañana y se extiende hasta la merienda, con tiempo de sobra para que los chicos se ensucien las rodillas y los grandes se queden dormidos bajo un sauce.
A medida que el camino se acerca a Carlos Keen, los carteles se multiplican: parrillas, casas de campo, comedores de cocina criolla. Hay un restaurante que viene funcionando de generación en generación, donde las recetas superan holgadamente el siglo de antigüedad, y otro, enclavado en un bosque, que se hizo fama por su picada, sus empanadas y sus carnes a las brasas. Si tengo que dar una sola recomendación, me quedo con este último: comer empanadas a la sombra de los eucaliptus, con el ruido del viento entre las hojas, es uno de esos pequeños placeres que justifican un viaje entero.
Pasado el pueblo: viñedos, malbec y un menú con maridaje
Después de cruzar Carlos Keen, el camino se angosta un poco y el paisaje se vuelve más serrano, más verde. Allí espera un viñedo con catas, recorridas entre cepas de malbec, pinot, tannat, cabernet sauvignon y marcelan, y un menú con maridaje para los que quieran entender por qué el vino argentino es una cosa seria. Más adelante, casi en el tramo final, un restaurante con parque ofrece menú libre y un sinfín de actividades al aire libre: búsqueda del tesoro, vóley, fútbol, juegos de mesa y un taller de pan que vuelve locos a los más chicos. Cerca del final, una casona de 1897 reconvertida en hotel de campo convive con comedores especializados en lechón a la estaca, bondiola con salsa de cerveza negra y pastas caseras que todavía se amasan a la mañana temprano, cuando el pueblo todavía duerme.
La memoria del camino: la estancia de Azcuénaga y los papeles del rosismo
El recorrido no es solo barriga, claro que no. En las afueras del pueblo de Azcuénaga se conservan parte de las instalaciones de una estancia construida en 1755, donde en 1834 se firmó un documento político relevante del período rosista. Por ese lugar pasaron figuras centrales de las guerras civiles argentinas, y todavía quedan muros, hornos de barro y galpones que cuentan sin palabras cómo era la vida en estas pampas cuando Buenos Aires era apenas una aldea enorme. Vale la pena detenerse, bajarse del auto y caminar un rato: la historia, cuando se la pisa, se entiende de otra manera.
Le propongo al lector lo que yo haría este finde largo: cargar el tanque, llamar a un par de amigos, preparar la conservadora y salir temprano por el Acceso Oeste. Llevar a los chicos, o llevarnos solos, eso da igual. Lo que no puede faltar es hambre, paciencia y la decisión de no mirar el reloj hasta que el sol se ponga detrás de los eucaliptus. El Camino Real los espera, con sus asados, sus viñedos y sus fantasmas. Y créanme: una vez que lo prueben, van a querer volver.
- Acceso Oeste hasta Luján, luego ruta 7 hasta el kilómetro 72 y doblar a la derecha.
- El primer lodge con spa y actividades de aventura está en la entrada, mano derecha.
- La granja con laguna abre a las 10 de la mañana y sirve almuerzo con fiambres, empanadas, pastas, asado y postre.
- En Carlos Keen, probar las empanadas y la picada en el comedor del bosque.
- Después del pueblo, viñedo con catas de malbec, pinot, tannat, cabernet sauvignon y marcelan.
- En las afueras de Azcuénaga, visitar las ruinas de la estancia de 1755 donde se firmó un documento clave de 1834.
