Albi, la ciudad de ladrillo rojo que esconde el alma medieval del sur de Francia
A orillas del río Tarn y a pocas horas de los Pirineos, esta ciudad de 50.000 habitantes tiene la catedral de ladrillo más grande del mundo, un castillo del siglo XIII y el único museo del mundo dedicado a Toulouse-Lautrec.
El río Tarn baja manso esa mañana y desde el puente viejo se ve, recortada contra el cielo, una silueta que parece sacada de un cuento medieval: torres de ladrillo rojizo, tejados que brillan con la luz de Occitanie y, en lo alto, un campanario de 78 metros que parece tocar las nubes. Eso es Albi, una ciudad que no figura en las rutas más convocadas del sur de Francia pero que, créanme, deja sin palabras a quien se toma el trabajo de detenerse. Yo llegué casi de paso, camino a los Pirineos, y terminé quedándome dos días enteros, fascinada por la cantidad de patrimonio que concentra una ciudad de apenas 50.000 habitantes. Está en el valle del Tarn, en la región de Occitanie, a pocas horas tanto de la montaña como del Mediterráneo, y se recorre entera a pie, sin apuro, con ese placer antiguo de perderse por calles empedradas.
Una ciudad que se construyó con la tierra del río
Lo primero que llama la atención es el ladrillo. Toda Albi parece teñida de un rojo cálido, porque en la zona no había canteras de piedra y los constructores medievales levantaron sus edificios con ladrillos fabricados con la tierra del propio Tarn. Esa tradición constructiva tiene su obra cumbre en la catedral Sainte-Cécile, la más grande del mundo construida íntegramente en ladrillo, con un interior que deslumbra: frescos de 18 metros cuadrados en azul profundo y una decoración que la convierten, además, en la catedral pintada más grande de Europa. Es imponente, sí, pero también serena, y uno se queda un rato largo con la mirada arriba, intentando descifrar cada detalle del techo.
Pegado a la catedral, casi como un hermano mayor que la cuida, se levanta el Palacio de la Berbie, una fortaleza del siglo XIII que es uno de los castillos más antiguos de Francia, anterior incluso al Palacio de los Papas de Aviñón. Fue declarado monumento histórico en 1862 y se conserva de maravillas. Como está en alto, sobre el río, funciona como mirador natural: uno se apoya en la baranda y ve el Tarn serpenteando entre casas y puentes, con esa calma que tienen los pueblos del sur. Lo que más recomiendo es bajar después a los jardines exteriores, de trazado a la francesa, con canteros arabescos y flores de colores al borde del agua. Son gratuitos todos los días hasta las 18, y en verano hasta las 19, horario ideal para una caminata al atardecer.
Toulouse-Lautrec, el museo único que solo Albi tiene
Dentro del palacio funciona el Museo Toulouse-Lautrec, y vale la pena subrayarlo: es el único del mundo dedicado al artista que nació en Albi en 1864. La colección es enorme y muy bien armada: reúne más de 220 pinturas, 560 dibujos y 185 litografías que recorren toda su trayectoria, desde las escenas rurales de juventud hasta los afiches del Moulin Rouge y los retratos de la vida nocturna parisina. La entrada al museo se compra aparte, pero los exteriores del palacio y los jardines no tienen costo, así que uno puede dosificar la visita según el tiempo y el bolsillo. A pocas cuadras, otro tesoro: el Mappa Mundi del siglo VIII, un pergamino considerado el más antiguo que representa al mundo, con 25 países señalados, una pieza clave en la historia de la cartografía.
- Catedral Sainte-Cécile: la más grande del mundo en ladrillo, con campanario de 78 metros y frescos azules de 18 metros cuadrados. Entrada con ticket.
- Palacio de la Berbie: castillo del siglo XIII, uno de los más antiguos de Francia, con mirador sobre el río Tarn. Jardines exteriores gratuitos hasta las 18 (19 en verano).
- Museo Toulouse-Lautrec: la única colección del mundo dedicada al artista, con más de 1.000 piezas entre pinturas, dibujos y litografías. Entrada independiente.
- Mappa Mundi del siglo VIII: el pergamino cartográfico más antiguo que se conserva, con 25 países representados.
- Ruta del vino Gaillac: a las afueras de la ciudad, la Apelación de Origen Controlada más antigua de Francia, con unas 400 bodegas para visitar y degustar.
Después de tanto patrimonio, lo que a mí me terminó de enamorar fue la combinación con el entorno. El casco histórico fue declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 2010, pero Albi no es una ciudad vitrina: tiene bares con tertulia, plazas con sombra y, apenas se cruza el puente, vistas abiertas hacia los viñedos de la Apelación Gaillac, una de las más antiguas de Francia, con unas 400 propiedades donde se puede parar a probar los vinos locales. Para almorzar, les recomiendo buscar un restaurante en la rue Toulouse-Lautrec, a pocos metros del museo: ahí se come cocina del suroeste, con foie, cassoulet y platos de la región, en mesas que miran a las paredes de ladrillo. Si andan en auto, Albi está a unos 90 kilómetros por la autopista A68 desde Toulouse, y la salida está bien señalizada; en tren, hay servicios directos desde la capital occitana en poco más de una hora. Les digo lo que le digo siempre a los amigos: dense el gusto de parar en Albi al menos una noche, caminar sin reloj por sus calles rojas, sentarse a mirar el Tarn al atardecer y dejarse llevar por una ciudad que parece medieval pero sigue muy viva. Vale cada kilómetro.
