Andrew Garfield, el Robin Hood que todavía no se llama Robin Hood
La nueva película de Paul Greengrass se anima a meter la mano en la revuelta campesina inglesa de 1381 y rescata la versión más cruda del mito, la de los forajidos que le daban sopa a la Corona antes de que existiera el arquero del bosque.
Mirá, yo no me voy a hacer el desentendido con esta nota, porque la verdad de la milanesa es que cuando me enteré de que Andrew Garfield se metía en una película que tiene como subtítulo "The Rise of Robin Hood" se me encendió la lucecita del cuarteto del amor, esa que te hace pegar un salto en la silla y decir "esto lo tengo que ver apenas se pueda". Y no es para menos, che: estamos hablando del Gordo de "Red Social" poniéndose en la piel de un personaje que, en el fondo, todavía no sabemos bien cómo se va a llamar en la pantalla, porque todo indica que la idea es ir directo al origen del mito, ahí donde la historia real y la leyenda se dan la mano como dos amigos en un truco.
Una revuelta que ya estaba en los libros y que ahora quiere ser leyenda
La cosa arranca con un dato que a mí, particularmente, me voló la cabeza: la película se cuelga de un episodio que pasó de verdad allá por 1381, cuando miles de campesinos ingleses se hartaron del destrato de la Corona y dijeron "basta, amigos, hasta acá llegamos". Eso fue la Revuelta Campesina, un quilombo histórico que cualquier estudiante medianamente despierto conoce de los manuales. Lo que se sabe menos es que de ese tipo de levantamientos populares, de esos pueblos hartos que se iban al monte a pelear contra los señores feudales, fueron naciendo un montón de historias sobre forajidos que el pueblo fue pasando de boca en boca durante toda la Edad Media. Y de esa mezcla, querido lector, fue saliendo de a poco el nombre de Robin Hood, que no fue un personaje único sino una acumulación de relatos sobre tipos que les hacían frente a los de arriba.
- El Robin Hood que todos recordamos de chiquitos, el del zorro Robin Hood animado de Disney, con los animalitos del bosque y todo el cotillón, que para mí es la versión que más quedó en la cabeza de los pibes de los 80 y 90.
- El que interpretó Errol Flynn en 1938, un clásico absoluto del cine de aventuras que tiene esa frescura de otra época y que, para qué te voy a mentir, sigue siendo una fija cada vez que lo pasan por cable.
- El Robin Hood de Kevin Costner en 1991, una producción enorme que patinó bastante en su momento pero que también quedó como referencia ineludible de cómo Hollywood intentó aggiornar el mito en los 90.
- El del rey León de la animación, porque a veces uno se olvida que hasta ahí llegan los ecos del personaje, todo mezclado con la sabiduría del hakuna matata y la filosofía de vivir sin worries.
- La serie "Robin Hood" de la BBC, que en su momento buscó un tono más realista y oscuro y que le acercó el personaje a los que preferían ver al arquero sin tanto espamento.
Ahora bien, lo que tiene de particular esta vuelta de tuerca que propone Paul Greengrass, el mismo director que nos dejó con el corazón en la garganta en "Capitán Phillips" cuando Tom Hanks terminó secuestrado por unos piratas somalíes, es que va a meter la cámara en el barro de la revuelta real, en pleno siglo XIV. O sea, no viene a mostrarnos a un arquero simpático que le roba al rico para darle al pobre mientras suena una flautita de fondo. Viene a meter la mano en el origen popular del personaje, en ese rejunte de historias de boca en boca que el pueblo fue construyendo durante generaciones. Y por eso el subtítulo "The Rise of Robin Hood" no es un detalle de marketing, es toda una declaración de principios: acá no vamos a ver al Robin que ya conocés, vamos a ver cómo se cocina el caldo de cultivo que después permitió que alguien escribiera esa leyenda.
Andrew Garfield, Jamie Bell y Stephen Dillane, el trío de siempre que nunca falla
El elenco me cierra por todos lados, la verdad. Garfield es un actorazo que viene de hacer del Hombre Araña, sí, ese mismo, pero que tiene un registro dramático enorme y se banca los papeles incómodos con esa cara de buen pibe que parece estar sufriendo por dentro. Lo acompaña Jamie Bell, un viejo conocido del público que lo vio debutar como Billy Elliot en la pantalla grande y que después se hizo un lugar en Hollywood sin hacer ruido, siempre laburando con directores de peso. Y completa el trío principal Stephen Dillane, que es de esos actores de la isla que cuando aparecen en pantalla te dan una seguridad bárbara, porque sabés que lo que están diciendo está respaldado por una carrera larga y cuidada. El director, además, ya sabe cómo contar hechos reales con urgencia, con ese pulso entre documental y ficción que tiene desde sus épocas de periodista en los conflictos bélicos. Imaginate esa mano llevando un drama medieval: te podés esperar una película que se sienta cercana, casi como si estuvieras ahí en la plaza del pueblo viendo cómo la gente se empieza a juntar.
Lo que más me gusta de todo esto, te soy honesta, es que no se trata de una película de capa y espada con espamentos y duelos coreografiados. Se trata de entender de dónde sale un mito. Y eso, para los que somos un poco curiosos del oficio de contar historias, es un regalo. La película llega a los cines el 30 de octubre y, si te interesa el personaje desde sus raíces y no sólo desde el arquero del bosque, te diría que reserves una butaca. Yo, por las dudas, ya tengo agendado el sábado para ir a verla, comer pochoclo y después comentar el final con los amigos en el bar de la esquina. Te recomiendo hacer lo mismo: anotala para el sábado, no te la pierdas, que en estas cosas de Robin Hood uno nunca sabe cuál va a ser la versión que finalmente le queda sonando en la cabeza.
