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Cinco ideas que tenemos sobre el corazón y que un cardiólogo de Cleveland Clinic se encarga de desarmar una por una

Las enfermedades cardiovasculares se cobraron 19,8 millones de vidas en 2022, según la OMS. Un especialista repasó los errores de percepción más comunes y explicó por qué conviene revisar algunas convicciones instaladas.

Por Constanza NietoSociedad y vida · 7 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Lo confieso: durante años viví convencida de que el corazón era un tema ajeno, una cuestión de hombresgrandotesydesaboridos, algo que empezaba a preocuparnos después de los cincuenta y que, mientras tanto, podía quedar archivado en un cajónjunto a la guía de teléfonos y la libreta de útiles escolares. Pero cuando el cardiólogo Luke Laffin, de Cleveland Clinic, se sentó a repasar los mitos más arraigados sobre la salud cardiovascular, me cayó la ficha de que esa tranquilidad era, justamente, una de las mejores amigas del infarto. Y entonces me acordé de Marta, mi vecina de toda la vida en el barrio de Belgrano, que el año pasado cumplió 42, corre dos veces por semana, no fuma y sin embargo amaneció un domingo con la presión por las nubes y una arritmia que la mandó directo a la guardia. Si alguien le hubiera dicho lo que cuenta Laffin, quizás hoy no estaría contándolo como una anécdota sino como una advertencia.

El primer mito que el especialista desmonta es uno de los más persistentes: la idea de que las enfermedades del corazón son cosa de hombres. "El corazón no discrimina por sexo", sostiene Laffin, y los números le dan la razón. Las mujeres cargan con factores de riesgo propios que muchas veces quedan invisibilizados: la menopausia modifica el perfil lipídico y la presión arterial, los anticonceptivos orales pueden sumar complicaciones tromboembólicas y ciertos trastornos del embarazo, como la preeclampsia, dejan huellas que se traducen en riesgo cardiovascular décadas después. A eso se suma algo más terrenal: la postergación. Entre el trabajo, los hijos, los padres a cargo y la lista de pendientes, los controles cardiológicos suelen quedar relegados frente a otras prioridades. La recomendación es concreta y razonable: conocer los propios factores de riesgo y llevarlos a la consulta con el médico de cabecera, que es quien puede decidir si hace falta derivar a cardiología.

La edad no es un escudo y la genética no es una sentencia

El segundo error de percepción es la idea de que el corazón sólo empieza a dar problemas después de los cincuenta. Laffin lo desmiente con un dato que a mí, particularmente, me hizo ruido: las alteraciones en arterias y vasos sanguíneos pueden gestarse en personas de veinte, treinta o cuarenta años, muchas veces sin dar señales. La predisposición genética al colesterol alto o a la hipertensión puede estar presente desde edades tempranas, y por eso el especialista recomienda análisis de sangre y chequeos regulares también en adultos jóvenes, sin esperar a que el cuerpo avise.

Tercera creencia a revisar: los antecedentes familiares como destino ineludible. Es cierto que si un padre o un hermano sufrió un evento cardiovascular precoz el riesgo aumenta, pero eso no convierte la enfermedad en algo inevitable. La buena noticia es que el margen de maniobra es amplio y está al alcance de cualquiera:

  • Alimentación saludable, con predominio de frutas, verduras, legumbres, pescado y aceite de oliva.
  • Al menos 150 minutos semanales de actividad física moderada, lo que equivale a caminar rápido media hora por día durante cinco días.
  • Dejar de fumar, ya que el tabaquismo multiplica el riesgo de infarto y accidente cerebrovascular.
  • Moderar el consumo de alcohol, sin convertir la copa de vino en la rutina diaria.

Cuando los cambios de hábito no alcanzan para controlar la presión o el colesterol, existen medicamentos seguros y ampliamente probados. La clave, insiste Laffin, es no naturalizar los valores altos ni asumirlos como algo propio de la edad o la contextura. Aquí vuelve a aparecer Marta, mi vecina de Belgrano: durante años tomó la pastilla para la presión "cuando se acordaba", hasta que el cuerpo decidió acordarle a ella de la peor manera. Hoy, me cuenta con una mezcla de culpa y humor que se toma la medicación a las ocho de la mañana, sin excepciones, y que se hizo un chequeo completo el mes pasado. La diferencia, dice, es que ahora sabe que cuidarse no es un trámite sino una conversación que conviene empezar antes de que la urgencia la imponga.

El cuarto mito es uno de los más traicioneros: sentirnos bien no equivale a estar libres de riesgo. La enfermedad coronaria avanza de forma lenta y silenciosa, y tanto la hipertensión como el colesterol elevado suelen transcurrir sin síntomas durante años. En algunos casos, el primer aviso es un infarto o un accidente cerebrovascular, situaciones que llegan sin prólogo y cambian la vida en un instante. Por eso Laffin insiste con las consultas anuales con el médico de atención primaria y con los análisis periódicos: son la única manera de seguir la evolución de esos indicadores antes de que se conviertan en una urgencia.

Finalmente, el quinto error de percepción que el cardiólogo abordó tiene que ver con asumir que el deterioro cardiovascular es una consecuencia inevitable del paso de los años. Esa idea, muy instalada en la conversación cotidiana, funciona como una suerte de renuncia anticipada: si el declive está garantizado, para qué esfuerzo. Laffin lo rebate con la misma lógica que aplicó a la genética: envejecer no es sinónimo de enfermar, y mucho menos de enfermar del corazón. El cuerpo responde a los hábitos acumulados, y por eso cada decisión cotidiana cuenta, desde lo que se sirve en el plato hasta la regularidad con la que uno se mueve. La buena noticia es que nunca es tarde para empezar, y la mejor es que cuanto antes se incorpore esa mirada, más años de calidad se ganan en el camino. Yo, por las dudas, ya le mandé un mensaje a Marta para preguntarle cuándo fue su último análisis de sangre. Y ella me contestó, como siempre, con una pregunta: "¿Vamos juntas?".

CN
Constanza NietoSociedad y vida

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