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Cuando el dolor no se ve: cómo leer lo que un joven no dice

Las muertes por suicidio crecieron casi un 58% en menos de una década y ya son la primera causa de fallecimiento entre los 15 y los 34 años. Una especialista del Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires explica qué mirar, qué preguntar y por qué nunca alcanza con una sola explicación.

Por Constanza NietoSociedad y vida · 7 de septiembre de 2026 · hace 3 h

Son las siete de la tarde en el barrio de Villa del Parque y Marta, que atiende el kiosco de la esquina hace veintidós años, me sirve un cortado mientras me cuenta que el hijo de una clienta dejó el secundario dos veces en pandemia y que, cada vez que pasa por la vereda, la madre le pregunta si está mejor. Yo, que vengo siguiendo este tema desde hace tiempo, le digo que esa pregunta, aunque bienintencionada, suele cerrarle la puerta al pibe en lugar de abrírsela, y Marta se queda pensando con la taza a medio camino. Esa escena, que parece menor, repite a escala doméstica lo que las estadísticas vienen gritando desde hace rato y que muchas familias prefieren no escuchar: en la Argentina, el suicidio se convirtió en la primera causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 34 años, por encima incluso de los accidentes de tránsito, y el número no deja de crecer.

Para dimensionar lo que está pasando alcanza con mirar los registros oficiales. En 2025 se contabilizaron 5.209 muertes por suicidio en todo el país, frente a las 3.304 de 2017. El salto representa un aumento del 57,7% en apenas ocho años y empujó la tasa nacional de 8,2 a 11,8 casos cada 100.000 habitantes. El fenómeno no es exclusivo de la Argentina: la Organización Mundial de la Salud viene alertando desde hace más de una década sobre el avance de la depresión y el suicidio a escala global, pero acá la curva se aceleró con una velocidad que preocupa a los especialistas.

Una especialista que escucha el dolor de cerca

Para entender qué está pasando y, sobre todo, qué se puede hacer desde el entorno más cercano, hablé con María Fernanda Azcoitía, psicóloga y directora del Centro de Asistencia al Suicida (CAS) de Buenos Aires, una institución que desde hace décadas atiende de manera gratuita a personas en crisis y a sus familias. Azcoitía habla con la calma de quien conoce el tema de cerca, no desde la teoría, y va desarmando de entrada uno de los mitos más extendidos cuando se habla de este flagelo.

“El suicidio siempre es multicausal, nunca hay una sola razón.”María Fernanda Azcoitía, directora del Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires

Factores psicológicos, relacionales, familiares y hasta biológicos se entrelazan, me explica, y, el deterioro económico, una ruptura sentimental, un conflicto escolar o una pérdida pueden formar parte del cuadro, pero ninguno por sí solo alcanza para explicar una muerte. Esa mirada integral es la que la especialista pide sostener también en los medios y en las familias, porque buscar un culpable único o una causa espectacular suele dejar afuera lo que de verdad importa: lo que venía ocurriendo en el día a día de esa persona.

Las señales que sí se pueden leer a tiempo

Cuando le pregunto cómo detectar a tiempo un cuadro de riesgo, Azcoitía es muy clara: la clave no es mirar una conducta aislada, sino compararla con el patrón habitual de cada joven. Un adolescente que siempre fue expansivo y de golpe se aísla, o uno que era más bien inhibido y aparece de repente con conductas disruptivas, amerita que alguien se detenga. El aislamiento por sí solo no es un indicador definitivo, lo que alarma es el cambio respecto de cómo era antes esa persona. Entre los factores que elevan el riesgo, la psicóloga enumera:

Sobre las plataformas digitales, Azcoitía evita una condena frontal, pero advierte que el problema aparece cuando las redes desplazan a los otros vínculos y cuando quien las usa ya viene cargando una vulnerabilidad previa. En los jóvenes adultos que viven solos, la detección suele recaer en compañeros de trabajo o amigos, porque la familia a veces está lejos o no ve lo que pasa puertas adentro.

Por qué la pandemia dejó una marca especial

La directora del CAS coincide con lo que muestran los números: el período de aislamiento social golpeó con particular crudeza a quienes transitaban la escuela secundaria, y el regreso a la presencialidad encontró a muchos chicos y chicas frente a exigencias para las que no tenían recursos emocionales desarrollados. Para algunos adolescentes que ya venían con dificultades para vincularse, volver al aula no fue un alivio sino una nueva presión, y eso, sumado a otros factores, explica parte del crecimiento que se observa en las estadísticas posteriores.

Le pregunto, entonces, qué puede hacer una madre como la que mencionaba al principio, la clienta de Marta, que ve a su hijo apagado y no sabe cómo acercarse. Azcoitía responde algo que a mí, como periodista que escucha estas historias hace tiempo, me parece clave: no alcanza con preguntar qué te pasa, hay que estar dispuesto a escuchar la respuesta, por incómoda que sea. Y acá vuelve a aparecer Marta, que me mira desde el otro lado del mostrador y me dice, mientras me cobra el cortado, que a veces le parece que los pibes están gritando en silencio y que los grandes estamos siempre apurados para oírlos. Tiene razón. El crecimiento del 57,7% en ocho años no es un dato frío: es el sonido de un montón de silencios que alguien tiene que animarse a romper a tiempo, con paciencia, con información y, sobre todo, con presencia.

CN
Constanza NietoSociedad y vida

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