Cuando la despedida se vuelve fiesta: cinco rituales que transforman el duelo en memoria compartida
Recorrido por tradiciones funerarias de Nueva Orleans, México, Bolivia, Ghana y la comunidad surfera del Pacífico que convierten la pérdida en un acto colectivo, colorido y profundamente humano.
Tengo que confesar algo antes de empezar a escribir esta nota: la primera vez que escuché que en Ghana los ataúdes tienen forma de pescado me quedé un rato largo con la imagen en la cabeza. Después pensé en los cortejos de Nueva Orleans, donde la música va subiendo de volumen a medida que el féretro se aleja de la iglesia. Y entonces entendí que el duelo, ese territorio donde solemos quedarnos solos con el dolor, en muchos lugares del mundo se vive de una manera radicalmente distinta: en la calle, con los vecinos, con banda sonora y hasta con humor. De eso se trata esta nota: de cómo distintas culturas se las ingenian para que la despedida no sea solo llanto encerrado, sino un acto comunitario que, paradojalmente, ayuda a procesar la pérdida en lugar de taparla.
La psicóloga del barrio de Once con la que hablé para arrancar esta nota, Marta Giménez, me dijo algo que se me quedó grabado: «La gente cree que llorar es la única manera válida de despedir a alguien, y no es así. Hay duelos que se lloran bailando, otros que se lloran cocinando el guiso que le gustaba al que se fue, y todos son legítimos mientras sean honestos». Marta atendió a familias enteras después de la pandemia y asegura que quienes pudieron compartir el dolor en grupo la pasaron mejor que los que se quedaron encerrados con el pesar.
Nueva Orleans: jazz, corcheas y un féretro que se va bailando
En la ciudad estadounidense de Nueva Orleans, cuando alguien muere, la banda ya está contratada antes que la florista. Es una tradición que lleva generaciones: músicos de jazz acompañan el cortejo desde la iglesia hasta el cementerio. La música arranca lenta, casi como un lamento, pero a medida que el cortejo avanza por las calles del Barrio Francés, el ritmo se va acelerando. La familia, los amigos y hasta los vecinos que se suman espontáneamente bailan alrededor del féretro. Lejos de ser una falta de respeto, es la manera que encontraron los neorleanos de honrar la vida que se fue y, al mismo tiempo, abrazar a los que quedan. El duelo se procesa con el cuerpo, no solo con las lágrimas.
México: cuando los muertos vuelven a casa
El Día de Muertos mexicano, declarado por la UNESCO patrimonio cultural intangible de la humanidad, parte de una premisa que a los occidentales nos resulta desconcertante: las almas de los difuntos regresan, aunque sea por unas horas, al mundo de los vivos. Las familias arman altares cargados con las comidas favoritas del que se fue, flores de cempasúchil, velas, fotografías y objetos personales. Los cementerios se llenan de colores, de veladoras y de gente que pasa la noche entera junto a las tumbas, comiendo tamales y pan de muerto. La muerte no se vive como ausencia definitiva, sino como una visita esperada. Marta, la psicóloga de Once, lo resume así: «Para los mexicanos el muerto no se va, viene. Esa diferencia conceptual cambia todo el proceso de duelo».
Bolivia, Ghana y el Pacífico: del cráneo bendecido al círculo en el mar
- Bolivia: cada 8 de noviembre se celebra la festividad de las Ñatitas en el Cementerio General de La Paz. Los creyentes llevan cráneos humanos, los adornan con flores, coca, cigarrillos y velas, y los reciben bendecidos. La tradición dice que esos cráneos cuidan la casa y pueden interceder ante los problemas de la familia.
- Ghana: los carpinteros fabrican ataúdes a medida, con la forma del oficio o la pasión del difunto. Hay féretros con forma de pescado para pescadores, de avión para pilotos, de cocodrilo para quienes amaban los animales. La ceremonia puede extenderse hasta tres días e incluye coreografías durante el traslado.
- Comunidad surfera del Pacífico: la despedida ocurre en el agua, sobre las tablas. Los deudos forman un círculo en el mar, arrojan flores al centro y cada uno comparte un recuerdo del fallecido. Si hubo cremación, las cenizas se dispersan ahí mismo, entre las olas.
Volví a llamar a Marta antes de cerrar la nota para preguntarle qué tenían en común estas cinco tradiciones tan distintas entre sí. «Que son colectivas», me respondió sin dudar. «El duelo es una de las experiencias más solitarias que existen, y estos rituales lo que hacen es romper esa soledad. Le dan al dolor un marco, un tiempo, un lugar y, sobre todo, una compañía. Mientras más acompañado se transita el duelo, mejor se procesa». Después me preguntó si yo tenía alguna manera particular de despedirme de los que se van, y le conté que en mi familia siempre terminamos prendiendo el cigarrillo del difunto y convidándonos un mate en silencio. Se rio y me dijo: «Ves, también es un ritual. No hace falta ir a Nueva Orleans para transformar el duelo en algo compartido». Y tiene razón. A veces alcanza con abrir la puerta y dejar que el vecino se acerque a despedir al que se fue.
