La fruta azul que se ganó un lugar en la mesa de los argentinos que cuidan su corazón
Especialistas de Estados Unidos recogen evidencia creciente sobre el efecto de los arándanos en la presión arterial, el colesterol y la glucosa, y detallan cuánto alcanza para empezar a notar resultados.
La cortada de mi barrio, a la altura de Avenida de Mayo, amaneció ayer con un puesto nuevo: una señora de nombre Marta, vecina de San Telmo, ofrecía cajitas con arándanos frescos a tres mil pesos el pomo. Yo me quedé mirándola un rato largo mientras acomodaba la mercadería y le pregunté, casi como saludándola por primera vez, qué la había empujado a meterse en ese rubro después de tantos años como administradora en una farmacia. Me dijo, mientras estiraba un género azul sobre la mesada, que ella los incorporó a su dieta por recomendación médica, porque le venían los valores de presión altos del trabajo y de los nervios, y que ahora quería que el barrio entero los probara. Esa conversación intrascendente fue la pista que me llevó a recorrer lo que vienen diciendo investigaciones y profesionales de la nutrición y la cardiología sobre una de las frutas más chicas y, a la vez, más rendidoras que puede haber en la góndola.
Lo primero que conviene aclarar es que no se trata de una moda pasajera ni de un hallazgo aislado: distintas líneas de investigación sobre nutrición y salud metabólica vienen mostrando que los arándanos, esa baya oscura y levemente ácida, actúan sobre varios mecanismos del sistema cardiovascular de manera simultánea. La lista es llamativa porque no se limita a un solo beneficio, sino que combina efectos que se potencian entre sí: relajan los vasos sanguíneos, ayudan a reducir el colesterol LDL, el conocido como colesterol malo, y colaboran en estabilizar los niveles de glucosa en sangre. Para quienes conviven con hipertensión, con resistencia a la insulina o con algún riesgo cardíaco elevado, este combo de efectos resulta especialmente relevante, según coinciden los especialistas consultados en distintos centros de Estados Unidos.
El poder está en el color
Detrás del tono azul violáceo que los caracteriza se esconde el actor principal de toda esta historia: las antocianinas, un tipo de compuesto que pertenece a la familia de los flavonoides y que es el pigmento responsable de ese color oscuro tan particular. Ashlee Bobrick, nutricionista dietista registrada del Ohio State University Wexner Medical Center, explicó que esas moléculas estimulan en el organismo la producción de óxido nítrico, una sustancia que facilita la relajación y la apertura de los vasos sanguíneos. Cuando las arterias se relajan y se vuelven más elásticas, la sangre circula con menor resistencia y la presión tiende a bajar, que es exactamente lo que se busca cuando se trata de controlar la hipertensión.
Esa especialista, a quien consulté vía correo electrónico, me resumió el mecanismo con una frase que me quedó dando vueltas todo el día: la antocianina no actúa como un medicamento que baja la presión de golpe, sino que ayuda al propio cuerpo a generar las condiciones para que la sangre fluya mejor, algo que, multiplicado en el tiempo, termina marcando una diferencia real en los valores que uno se mide en casa o en el consultorio.
La fibra, el socio silencioso
Hay un segundo actor, menos vistoso pero igual de importante: la fibra. Una taza de arándanos aporta cuatro gramos de este nutriente, una cantidad considerable si se tiene en cuenta que la recomendación diaria ronda los 25 gramos para un adulto promedio. Durante la digestión, esa fibra llega casi intacta al intestino, donde las bacterias la fermentan y producen ácidos grasos de cadena corta que después pasan al torrente sanguíneo y participan activamente en la regulación de la presión arterial. Bobrick añadió que esa misma fibra ayuda a mantener estable la glucosa, es decir, evita los picos de azúcar después de comer, y colabora en la reducción del colesterol LDL. Dos variables, glucosa y colesterol, que están directamente emparentadas con la salud del corazón.
La mirada del cardiólogo
Quien completó la foto fue Parveen Garg, cardiólogo de Keck Medicine de la Universidad del Sur de California, al introducir un tercer elemento: la función endotelial. Para quienes nunca escucharon el término, vale la pena la aclaración: el endotelio es la capa finísima de células que recubre el interior de los vasos sanguíneos y que regula su elasticidad, una especie de barniz vivo que mantiene las arterias en condiciones de cumplir su trabajo. Garg planteó que los arándanos podrían mejorar justamente esa función, y que estudios previos ya habían observado resultados positivos en este punto: cuando el endotelio trabaja bien, el control de la presión resulta más eficiente, porque los vasos se adaptan mejor a los cambios de flujo.
Una porción accesible, una decisión diaria
Cuando le pregunté a la señora Marta, la de San Telmo, cuánto le costaba mantener el hábito ella misma, se rio y me dijo que alternaba: tres veces por semana compraba frescos en el puesto que ella misma armó, y el resto los sacaba del freezer, donde guarda bolsas de un kilo que consigue en el mayorista de Barracas. Me contó, además, que se los come solos, como colación a media tarde, o los vuelca en un yogur natural antes de dormir, y que desde que los incorporó dejó de tomar la merienda con galletitas dulces. Los controles de presión, según me dijo entre risas, le vienen dando bien desde hace meses. Yo le creo, y por eso volví a la mañana siguiente y me llevé dos cajitas.
Antes de cerrar, la advertencia que los especialistas repiten y que en estas notas siempre conviene recordar: ningún alimento por sí solo reemplaza un tratamiento médico ni hace milagros. Si tenés la presión alta, el colesterol alto o glucosa alterada, lo primero sigue siendo hablar con tu médico y mantener los hábitos generales, una alimentación variada, menos ultraprocesados, movimiento físico diario y buen descanso. Los arándanos, en ese esquema, pueden ocupar un lugar pequeño pero valioso, una taza diaria que, según la evidencia disponible, le da al corazón un par de aliados extra. Volví al puesto de Marta, le dejé dos mil pesos por otra cajita y le prometí volver la semana que viene con la libreta de los valores anotados.
