La salud mental de los pibes: señales que se acumulan en aulas, guardias y consultorios saturados
Niños y adolescentes llegan a los servicios con insomnio, apagamiento o marcas en la piel tras cargar años de violencia, soledad y pantallas. Los equipos especializados son pocos y la respuesta aparece partida entre la escuela, el hospital y la Justicia, dejando a muchos chicos sin acompañamiento en los momentos críticos.
En el barrio siempre pasa lo mismo: una madre me cruza en el verdulero y me dice que el nene no duerme, que la nena se come un paquete de galletitas a las dos de la mañana mientras mira el teléfono, que el más chico se encierra en el baño y sale con los brazos colorados. Yo le pregunto a quién fueron a ver y ella me responde, con una mezcla de bronca y cansancio, que esperaron tres meses el turno en el hospital, que en la salita no hay profesional y que en la escuela les dijeron que el pibe ya estaba grande para que se le prestara atención a esas cosas. La escena, multiplicada por miles de familias en la Argentina, dibuja un cuadro que los especialistas empiezan a describir sin eufemismos: una crisis de salud mental infantil que crece mientras los dispositivos para atenderla se quedan chicos.
Lo que llega a las escuelas, a los consultorios y a las guardias hospitalarias tiene nombres concretos. Chicos que no pueden dormir o que se duermen en cualquier parte; que dejaron de comer o comen de manera compulsiva; que se aíslan de los amigos y de la familia; que se lastiman en los brazos, en las piernas, en el abdomen; que se sientan en el patio y se quedan mirando un punto fijo durante veinte minutos. Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en demasiados casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla. No es una exageración: lo repiten pediatras, psicopedagogos, equipos de orientación escolar y operadores de guardias que ven cómo se multiplican las consultas mientras los recursos no crecen al mismo ritmo.
Violencia silenciada y pantallas que hacen ruido
La violencia ocupa el centro de la escena. Las estimaciones de UNICEF indican que una de cada ocho niñas y mujeres argentinas sufrió una violación o una agresión sexual antes de cumplir los dieciocho años; entre los varones, la cifra ronda a uno de cada once. Buena parte de esas experiencias queda debajo de la alfombra porque nunca apareció un interlocutor que la dejara entrar en palabras, y sus huellas sobre la salud mental pueden extenderse durante décadas. A eso se suman maltratos cotidianos, negligencia, hambre y humillaciones que rara vez quedan registrados en un expediente. Cuando alguien pregunta de dónde sale tal tristeza o tal estallido, la respuesta suele estar en esa puerta cerrada de la casa o en la escuela donde un chico dejó de ser mirado hace tiempo.
Las pantallas trajeron un ruido nuevo. Niños y adolescentes quedan expuestos de manera habitual a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas y a materiales que trivializan el riesgo. Según datos del mismo organismo, uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez. El uso intensivo de dispositivos ya no es solo un hábito de la edad: en muchos casos funciona como refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir, y los equipos de salud mental todavía están aprendiendo a leer qué hay detrás de cada chico pegado a un celular.
Los resultados de las pruebas PISA 2025 suman una señal de alarma que no se puede mirar en soledad. Casi ocho de cada diez estudiantes argentinos de quince años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de seis de cada diez quedaron por debajo de ese umbral en Lectura y en Ciencias. Aprender exige atención, confianza y tolerancia a la frustración, recursos que se agotan rápido cuando la energía psíquica está puesta en sobrevivir al hambre, a la violencia o al abandono. La repitencia, la deserción escolar y el fracaso en las evaluaciones dejan de ser solo un problema pedagógico para empezar a leerse como un capítulo más de esta crisis.
Servicios saturados y respuestas que llegan a los pedazos
Cuando una familia advierte que algo está mal y se anima a pedir ayuda, aparece otro muro. Los servicios especializados están saturados, faltan profesionales formados en infancia y adolescencia, y los turnos para una primera entrevista pueden demorar meses, un periodo suficiente para que una señal temprana se convierta en una urgencia. La atención llega partida: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital recibe el síntoma, la Justicia recibe la infracción cuando la hay. El chico, mientras tanto, queda en el medio de un circuito de informes, derivaciones y administrativas que lo pierde como persona, porque ningún equipo termina de hacerse cargo de su historia completa.
Las intervenciones puntuales, aunque sean bienintencionadas, no alcanzan si no se sostienen en el tiempo. Un turno cada dos meses con un profesional que no tiene carpeta del paciente, una charla aislada con el equipo de orientación escolar, una derivación a un hospital donde la espera vuelve a empezar: todas estas piezas aisladas pueden sumar, pero también pueden dejar al pibe con la sensación de que nadie lo acompaña de verdad. Por eso, cada vez más voces del sector piden construir redes que articulen educación, salud y protección de derechos con protocolos claros, con responsables nombrados y con presupuesto para sostenerlas.
Lo que se discute ahora, en definitiva, es cómo se acompaña a chicos que crecieron en condiciones que ningún gobierno puede seguir mirando como un asunto privado. La escuela detecta, el hospital atiende, la Justicia interviene cuando hace falta, pero el engranaje sigue funcionando con piezas sueltas y la infancia queda atrapada en el medio. Volví a llamar a Marta, la vecina del verdulero, para contarle que estaba escribiendo sobre esto. Me dijo que había conseguido el turno, pero que en el mientras tanto su hija había pasado tres noches sin pegar el ojo y que los cortes en los brazos eran ahora más profundos. La crisis, como tantas otras, no espera a que las respuestas se ordenen: ya está en cada casa, en cada aula, en cada guardia desbordada.
