No me arrepiento de este amor: la canción que Gilda le cantó al Chango y al país entero
A treinta años de la muerte de Miriam Alejandra Bianchi, una recorrida por la historia íntima de su tema más emblemático, la cruzada que la consagró después de su partida y el fenómeno de fe popular que todavía la mantiene viva en cada baile.
Yo te perdono, yo te quiero y te deseo de corazón, que no me importa lo que digan los demás, porque yo te quiero y es mi decisión. Esa es la puerta que abre No me arrepiento de este amor, la canción que cualquier pistero sabe tararear de memoria y que, a treinta años exactos de la muerte de la Gilda, sigue siendo el compendio más limpio de su corta pero arrolladora vida. Porque Miriam Alejandra Bianchi no escribió un simple hit tropical: escribió la banda sonora de un quiebre existencial, de esos donde una mujer decide plantarse y jugarse entero por lo que siente, y de paso arrastra al público detrás.
La maestra jardinera que se calzó la bata
Hay que retroceder hasta 1961, cuando en Buenos Aires nació la chica que después sería conocida por todos como la Gilda. Antes de transformarse en la reina de la bailanta, la Bianchi se ganaba el mango como maestra jardinera, una profesión que hablaba de paciencia, de mimo, de saber contener a los pibes. La música llegó como un llamado externo: alguien la convocó para integrar una banda tropical y ella, sin dudarlo, dejó las aulas, acomodó su vida familiar y se mandó de cabeza al circuito. Cuando uno escucha la decisión vital que canta en No me arrepiento de este amor, no puede menos que pensar que ahí adentro está contado ese mismo momento: el de una mujer que renuncia a lo seguro para abrazar lo que la quema por dentro.
El tema abre el tercer disco de la Gilda, Pasito a pasito con… Gilda, editado en 1994, y según reconstruyó el músico y productor Juan Carlos Toti Giménez -que la acompañó en una buena porción de su camino artístico- la autoría es entera de ella. Lo curioso, y acá viene uno de los datos que a mí más me conmueve, es que la Gilda se lo dedicó a él y encima se negó a ponerle el nombre como coautor, pese a que entre los dos laburaban codo a codo. Una muestra más de la largura con la que se movía la Gilda: cero caprichos de vedette, todo gesto de compañera.
La grabación con resfrío y a las apuradas
Ahora, la perlita que da título a cualquier anécdota de camarín: el productor José El Cholo Olaya no estaba muy convencido de meter el tema en el disco. Cuentan que la grabación se hizo mientras el Cholo andaba por Perú, y que ese día la Gilda estaba engripada y con la voz hecha polvo. Para sacarla a flote en uno de los pasajes más delicados, se recurrió a un arreglo de teclado que reforzara la voz. Piensen en eso la próxima vez que la escuchen en un boliche: lo que suena como una declaración de amor perfecta fue registrada a la mitad de un resfrío y con el productor a miles de kilómetros. Eso también es la Gilda: una laburante que no esperaba el momento ideal, sino que se lanzaba igual.
“La canción fue compuesta íntegramente por Gilda y se la dedicó a él. Gilda no quiso atribuirle coautoría, pese a la colaboración habitual entre ambos.”Juan Carlos Toti Giménez, músico y productor
De Bolivia y Perú a las pistas de todo el país
Como tantas cosas en la música popular argentina, el éxito no fue de la noche a la mañana ni mucho menos arrancó en Buenos Aires. La primera repercusion fuerte llegó del exterior, cuando la Gilda cruzó la cordillera y desembarcó en Bolivia y Perú con presentaciones y pases por la televisión. En Argentina, el fenómeno explotó después de su muerte, entre 1997 y 1998, cuando el disco volvió a circular, las radios se rindieron a la del tema y las pistas de baile lo adoptaron como cumbia de cabecera. Para dimensionar la magnitud del cruce de fronteras, en 1998 la banda de rock Attaque 77 grabó su propia versión, lo que terminó de consagrarlo como un himno que excedía por lejos el circuito tropical. La Gilda ya no estaba en el escenario, pero su canción se había transformado en patrimonio de todos los argentinos, sin distinción de género ni de clase social.
La mujer que se ganó la fe de un pueblo
Hay algo que se cuela entre las notas de No me arrepiento de este amor y que la ciencia no termina de explicar: la devoción popular que rodea a la Gilda. Con el paso de los años su figura se fue tiñendo de expresiones de fe, de pedidos de milagros, de promesas cumplidas en peregrinajes a su tumba. En 2016 esa devoción se volcó al cine con la película que llevó como título el nombre de la canción, protagonizada por Natalia Oreiro, que definió a la cantante como una mujer que tuvo que luchar contra muchos prejuicios sociales, culturales y familiares. La definición de Natalia Oreiro calza justo: la Gilda fue una pibe de barrio que se plantó contra los mandatos de su época, que se separó, que cambió de rubro, que se animó a cantar lo que sentía en un ambiente de hombres. Esa rebeldía cotidiana, cantada con la garganta tomada y con el teclado reemplazando lo que la gripe le robaba, es la herencia más viva que nos dejó.
Mi recomendación para el sábado a la noche
Si este sábado se arriman a un boliche, a un asado con música, o simplemente se prenden la radio en el auto, hagan el ejercicio que hago yo cada vez que arranca Pasito a pasito: escuchar la letra como si fuera la carta que la Gilda le dejó a la Argentina. Cierren los ojos, recuerden a la maestra jardinera que se calzó la bata luminosa, a la mujer engripada que igual grabó el tema que le cambiaría la vida, y al público que la hizo eterna tres décadas después de su partida. No me arrepiento de este amor no es una canción: es un acta de coraje firmada en plena juventud. Y eso, en un país que suele olvidarse rápido de sus artistas, es prácticamente un milagro. La Gilda, mirá vos, también desde ahí nos cuida.
