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Tras los pasos del puma en la estepa blanca de Santa Cruz: una Expedición a pura nieve desde Perito Moreno

A tres días de rastreo, con binoculares, huellas frescas y el silencio del Parque Patagonia como compañía, el pueblo de la ruta 40 se convirtió en la base ideal para buscar al felino más grande de la Patagonia en pleno invierno.

Por Mercedes PizarroTurismo y sierras · 4 de septiembre de 2026 · hace 6 h

El río que cruza Perito Moreno todavía muestra escarcha en las primeras horas de la mañana, y es esa quietud, esa mezcla de frío y aire limpio, la que marca el pulso del pueblo antes de que la pampa se prenda de luz. Acá, en el cruce de la ruta 40 y la provincial 43, en el corazón del departamento Lago Buenos Aires, la vida gira alrededor del viento y de la nieve, y desde hace algunas temporadas también gira alrededor de un gran felino que muchos viajeros jamás imaginaron poder ver en libertad: el puma.

Tres días para seguirle el rastro

La propuesta que ofrecen los guías locales es una Expedición de tres jornadas completas, con salidas antes del amanecer y recorridas por campos privados y por sectores del Parque Patagonia Argentina. No se trata de un avistaje garantizado, sino de un verdadero safari de rastreo, paciente y silencioso, que atraviesa cañadones, mesetas y quebradas mientras se leen las señales que deja el animal sobre la estepa. En invierno, cuando la nieve llega hasta las rodillas y el asfalto se cubre de hielo, esa misma hostilidad del clima se vuelve aliada, porque las huellas quedan impresas como en un libro abierto.

Cómo se lee el rastro del puma en la nieve

  • La huella del puma es redondeada, con almohadilla en forma de pentágono y, a diferencia del perro, sin marcas de uñas, porque las retrae al caminar. La pata delantera es más grande que la trasera, una pista clave para distinguirlo del zorro o del guanaco.
  • Los guías se guían por cuatro señales principales: la agitación de guanacos y choiques, las huellas frescas en la nieve, el vuelo de caranchos y cóndores que convergen sobre un punto, y los restos de presas, generalmente guanacos o liebres, parcialmente cubiertos con tierra o vegetación.
  • Cuando aparece alguna de esas pistas, el grupo se detiene y trabaja con binoculares desde posiciones elevadas, buscando el lomo del animal recortado contra el horizonte de la estepa.

El protagonista de la estepa

El macho adulto pesa entre 55 y 80 kilos, mientras que la hembra ronda los 30 a 60, y a pesar de su tamaño no ruge: se comunica con ronroneos, gruñidos y silbidos que se pierden entre los cañadones. Puede saltar hasta cinco metros en vertical y más de diez en horizontal, y es de hábitos sobre todo crepusculares y nocturnos, solitario y territorial. En la Patagonia su menú de invierno se apoya en guanacos, choiques y liebres, y cumple un papel fundamental como depredador tope que regula las poblaciones de herbívoros.

Mucho más que un felino en el camino

El recorrido, además, regala otros encuentros: guanacos en manada, zorros colorados y grises cruzando a la carrera, piches, zorrinos, y en el cielo cóndores andinos, choiques y hasta flamencos en los cuerpos de agua. La zona registra más de ciento veinte especies de aves, un número que sorprende a quien llega pensando que la estepa es un desierto vacío.

La mesa y los kilómetros que vienen

Después de las caminatas, vale la pena volver al pueblo y pasar por el Club Social, en la calle principal, donde sirven cordero al asador y guisos de la zona que entran bien después de varias horas bajo cero. Si el cuerpo lo pide más, a pocos kilómetros está Los Antiguos, sobre el borde del lago Buenos Aires, un pueblo que vive de su microclima de valle y de sus cerezas y frutillas, ideal para una parada cálida antes de seguir viaje. Hacia el sur, en tanto, queda como pendiente el Parque Provincial Cueva de las Manos, uno de los tesoros arqueológicos más impactantes de la Patagonia argentina. El dato práctico: las excursiones salen alrededor de las seis de la mañana en invierno, conviene llevar ropa térmica en capas, guantes dobles, botas impermeables y binoculares, y llegar a Perito Moreno con un día de anticipación para acomodar el ritmo al frío de la estepa. Si te tienta la idea de caminar la pampa siguiendo huellas frescas, anotá el dato y animate: el puma no siempre aparece, pero el viaje, esa mezcla de silencio, nieve y horizonte, se clava igual en la memoria.

MP
Mercedes PizarroTurismo y sierras

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