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Una herida abierta en la tierra: caminar por las entrañas del volcán Malacara, en el sur mendocino

En el paraje La Batra, a pocos kilómetros de Malargüe, la familia Quezada administra un recorrido que atraviesa dos cárcavas y sube a un mirador con vista a la laguna de Llancanelo. La geóloga Corina Risso reconstruyó la historia del lugar y abrió el camino a un turismo que ya cumplió más de dos décadas.

Por Constanza NietoSociedad y vida · 19 de septiembre de 2026 · hace 1 h

A veces, en el confín sur de Mendoza, la geografía parece decidirse por su cuenta y abrirse en canal. Eso fue lo que sentí cuando bajé del auto en el paraje La Batra, ese puñado de casas y corrales que queda a unos kilómetros de Malargüe, y alcancé a ver por primera vez el volcán Malacara: no la mole oscura que uno imagina desde lejos, sino una herida en el terreno, una grieta enorme por la que parece que la tierra se hubiera cansado de guardar su fiebre. Ahí, entre paredes onduladas, rocas amarillas y depósitos negros que se desgranan al tacto, la familia Quezada administra desde hace años un recorrido que permite meterse, literalmente, en las entrañas del volcán.

Una historia que empezó con una geóloga y un caballo

La que me cuenta los detalles mientras caminamos es Marta Quezada, nacida y criada en La Batra, que habla con la calma de quien conoce el cerro desde chica y lo ve hoy transformado en un punto de encuentro entre científicos, visitantes y vecinos. Me cuenta que todo cambió cuando, a comienzos del 2000, llegó al campo una geóloga de la Universidad de Buenos Aires llamada Corina Risso, guiada por su hermano Alberto, al que todos llaman Beto. Riesgo mediante, porque en aquel entonces el único acceso era a caballo por senderos del propio campo donde la familia criaba animales.

Risso se subió al lomo de un caballo y bajó hasta las cárcavas para estudiar por qué el Malacara tenía esa forma tan particular, con sus colores estridentes y sus pasadizos internos. Dos años después presentó sus investigaciones en Malargüe y, casi al mismo tiempo, los Quezada empezaron a organizar las primeras salidas con guías locales. Recién en 2006, una antigua huella petrolera permitió meter una camioneta y, más tarde, maquinaria para mejorar el camino.

Caminar entre dos cráteres y asomarse a la laguna

  • El recorrido atraviesa dos de las tres cárcavas del volcán, pasadizos abiertos por la erosión del agua y el viento sobre depósitos volcánicos.
  • La caminata suma una subida a un mirador natural desde el que se distingue, a lo lejos, la laguna de Llancanelo, espejo blanco en medio de la estepa.
  • En el interior se ven paredes amarillas, sectores de roca fragmentada y acumulaciones oscuras que se desmoronan con sólo tocarlas con la mano.
  • La luz entra por las aberturas superiores y el aire frío circula entre las grietas, lo que da la sensación de moverse dentro de un organismo geológico todavía vivo.

Por qué el Malacara se pintó de amarillo y de negro

“El Malacara se formó por la interacción del magma con el agua, probablemente de una antigua laguna. Ese contacto fragmentó la lava y produjo buena parte de las superficies amarillas que vemos hoy; cuando el agua dejó de intervenir, la erupción siguió y se acumularon los depósitos oscuros que están encima.”Corina Risso, geóloga, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires

Lo que más me llamó la atención, mientras Marta me señalaba con el dedo las paredes, es que los tres cráteres del volcán quedan casi ocultos para quien lo recorre desde abajo. La forma del terreno y la vegetación los esconden, y uno termina descubriendo el Malacara de adentro hacia afuera, no como un pico aislado sino como un sistema de pasadizos y miradores abiertos al cielo.

Antes de irme le pregunté a Marta qué era lo que más le gustaba de mostrar este lugar a la gente. Se tomó un segundo, miró hacia la cárcava por donde todavía se filtraba el sol de la tarde y me dijo, con esa media sonrisa de los criollos del sur, que lo que más le gusta es ver la cara de los visitantes cuando bajan la pendiente y entienden que están caminando dentro de un volcán. Uno, después de escucharla, entiende también otra cosa: que en La Batra no sólo cambió un paisaje, sino que una familia entera aprendió a contar la historia de la tierra que le tocó pisar.

CN
Constanza NietoSociedad y vida

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