Adelgazar con una inyección: cómo actúa la medicación para la obesidad y por qué no alcanza con la voluntad
La especialista Pilar Quevedo, del Hospital de Clínicas, détaille el mecanismo de la semaglutida y la tirzepatida, los controles que exige el tratamiento y los hábitos que sostienen los resultados a lo largo del tiempo.
La otra mañana, mientras esperaba el colectivo en la esquina de mi casa, una vecina me reconoció por la pantalla del teléfono donde estaba leyendo sobre la semaglutida y me dijo, casi en susurros, que estaba pensando en empezar un tratamiento de esos pero que le daba miedo no poder sostenerlo en el tiempo. Se llama Marta, vive en Villa Devoto y hace años pelea contra el hambre que se le despierta a las diez de la mañana y contra la culpa que le queda después. Esa escena, que se repite en las mesas familiares y en los grupos de Whatsapp, es el punto de partida ideal para entender de qué hablamos cuando decimos que la obesidad se trata con medicamentos y no solo con fuerza de voluntad, y por qué detrás de cada frasquito que se publicita en redes hay un mapa clínico que conviene conocer antes de pincharse.
Porque, como me explicó la doctora Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo del Hospital de Clínicas de la UBA, el tratamiento farmacológico de la obesidad arranca mucho antes de la primera dosis y se sostiene mucho después de la última. Es, en sus palabras, un camino que comienza con una evaluación médica completa, sigue con controles periódicos y exige ajustes permanentes de acuerdo con cómo responde cada cuerpo. La meta, me aclaró, no es solo ver cómo baja el número en la balanza: se trata de reducir grasa corporal y, al mismo tiempo, preservar la masa muscular, algo que muchas veces se pierde en los descenso abruptos y que después se paga con debilidad, flacidez y nuevos rebotes.
Qué hacen estas moléculas dentro del cuerpo
De acuerdo con la explicación de Quevedo, la semaglutida y la tirzepatida no son "quemadores de grasa" ni supresores mágicos del apetito. Son moléculas que imitan señales que el intestino ya produce de manera natural y que viajan hasta el cerebro, el estómago y el páncreas para regular el hambre, la saciedad y el metabolismo de la glucosa. La semaglutida, me dijo, trabaja sobre un único receptor, mientras que la tirzepatida interviene sobre dos vías complementarias. Esa diferencia no es un detalle menor: explica por qué algunos pacientes responden mejor a una que a la otra y por qué la elección debe quedar en manos del equipo de salud, no del influencer de turno.
“En el consultorio son muy frecuentes los relatos de hambre intensa, dificultad para sentirse satisfecho y picoteo entre comidas. Esas experiencias forman parte de una enfermedad multifactorial y no pueden explicarse solamente por la voluntad individual.”Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo del Hospital de Clínicas de la UBA
- Evaluación médica inicial: estado de salud general, composición corporal y objetivos posibles.
- Titulación progresiva: las dosis se suben de a poco para mejorar la tolerancia.
- Actividad física adaptada: se valora si la persona hace ejercicio de fuerza, cardiovascular o ambos.
- Controles periódicos: se mira la respuesta al medicamento, los efectos adversos y la composición corporal.
- Plan integral: alimentación, hidratación, descanso y acompañamiento profesional sostenido en el tiempo.
Uno de los puntos que más me llamó la atención de la charla, y que quiero compartir con Marta y con cualquiera que esté pensando en empezar, es el fenómeno del rebote. Quevedo lo explicó con una claridad que me dejó pensando: cuando se baja de peso, el organismo interpreta esa pérdida como una amenaza y activa mecanismos para recuperar lo perdido. Por eso, dijo, los medicamentos también sirven para sostener el descenso durante el período que el equipo tratante indique. Pero al suspenderlos, si no hay una estrategia integral que acompañe, puede aparecer la temida recurrencia. La pastilla, la inyección, el dispositivo de moda: ninguno reemplaza al plato, al movimiento ni al profesional que mira cómo evoluciona cada paciente.
El entorno también cuenta
La especialista insistió en un punto que suele quedar fuera del consultorio: los hábitos no se construyen en el vacío. El entorno familiar y laboral, los horarios laborales, la disponibilidad de alimentos saludables y hasta el tiempo para dormir condicionan cualquier plan. Por eso, me dijo, los cambios cotidianos deben organizarse considerando esas realidades, no copiando la rutina del vecino. Volví a casa con la sensación de que el tema merece conversación larga y sin apuro, y cuando vi a Marta en el kiosco le conté lo que había aprendido. Me escuchó con esa cara de quien reconoce su propia historia en la de otro, y antes de despedirse me dijo algo que se parece mucho a una conclusión: "Mientras no me sienta sola con esto, creo que puedo empezar".
