Jueves, 10 de septiembre de 2026
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Cuando el cuarto del pibe deja de ser un refugio y se vuelve un set: cómo las redes reordenaron la intimidad adolescente

Lo que antes era un territorio caótico con pósteres y recuerdos hoy luce neutro, ordenado y pensado para una audiencia invisible. Especialistas consultados analizan qué se gana y qué se pierde cuando la habitación deja de ser laboratorio y pasa a ser decorado.

Por Constanza NietoSociedad y vida · 10 de septiembre de 2026 · hace 1 h

Soy Constanza Nieto y arranco esta nota en la esquina de mi barrio, en esos atardeceres de semana en los que uno se cruza con los vecinos y la conversación cae sola. El otro día, mientras esperábamos el colectivo, Marta, que vive en la cortada de siempre y conoce a cada familia del pasaje, me dijo algo que se me quedó dando vueltas: «Constanza, entrá al cuarto de mi nieto y vas a ver lo que te digo: parece una foto de revista. Ni una remera fuera de lugar, ni un libro torcido. Todo perfecto, todo puesto. Yo le pregunto dónde quedó el póster de la banda que le gustaba y me mira como si no entendiera de qué le hablo». La frase de Marta es la puerta de entrada a un cambio que no es menor: los cuartos de los adolescentes argentinos —y del mundo— dejaron de ser ese refugio caótico con pósteres pegados con cinta, ropa sobre la silla y diarios íntimos escondidos bajo el colchón para parecerse cada vez más a un set pensado para una cámara.

El dato no es menor y vale la pena ponerlo en contexto. Durante décadas, entrar al cuarto de un pibe o una pibe que estuviera creciendo era enfrentarse a un territorio propio: había recuerdos pegados en la pared, había libros apilados en el piso, había una silla que ya no servía para sentarse sino para acumular ropa. Ese desorden no era falta de higiene ni descuido: era la marca visible de que ese espacio pertenecía a alguien que lo estaba usando para crecer, para equivocarse a puertas cerradas, para ensayar ser quien todavía no terminaba de ser.

De refugio a decorado: qué cambió

Lo que se ve hoy en las redes sociales es otra cosa. En los cuartos que circulan por TikTok, por Instagram, por Pinterest, cuesta encontrar singularidades o acumulación de objetos personales. En su lugar aparecen paredes pintadas en tonos neutros —beige, blanco roto, gris muy claro—, camas perfectamente tendidas con acolchados que parecen recién sacados de una tienda de deco, bibliotecas ordenadas por color y tiras de luces LED que funcionan como reflectores improvisados. La personalidad no desapareció del todo, pero se retiró del plano físico: ya no está en las paredes, está en el celular.

Para entender por qué este cambio importa hay que mirar una idea vieja que sigue siendo increíblemente útil. El sociólogo Erving Goffman, hace ya varias décadas, describió una distinción que sigue iluminando la conversación: habló del «frente de escena», ese lugar donde las personas sostienen una imagen ante los demás, y del espacio privado, donde es posible descansar del personaje, ensayar identidades y equivocarse sin público. La habitación adolescente cumplió históricamente esa segunda función: la puerta cerrada era un pacto tácito de suspensión del juicio ajeno, una tregua entre el pibe y el mundo.

Ese pacto, parece, se rompió. La escritora Sithara Ranasinghe lo describe con una imagen potente: habla de una habitación con paredes de cristal, donde el límite entre escenario e intimidad se disuelve bajo la mirada de una audiencia desconocida que nunca termina de irse. El resultado, según especialistas consultados, es un cuarto que deja de ser laboratorio de exploración para convertirse en decorado.

Lo más inquietante: la cámara no necesita estar encendida

Y acá aparece lo que, a mi entender, es lo más significativo de todo esto. La cámara no necesita estar encendida para que el efecto actúe. La sola conciencia de que cualquier rincón del cuarto puede ser filmado, capturado y comentado por alguien modifica el comportamiento: inhibe la espontaneidad, desalienta el desorden, empuja hacia la estandarización estética. Ya no es la mirada de los padres la que ordena el espacio, ni siquiera la del visitante que pasa y comenta: es la de una audiencia invisible, que se volvió interna y que el pibe o la pibe carga consigo aunque esté completamente solo en la habitación.

La adolescencia, hay que recordarlo, siempre fue un umbral incierto, un período de transición donde el error forma parte del aprendizaje. Tropezarse con un libro en el piso, tener laropa tirada en una silla, dejar un póster medio caído: todo eso era, en el fondo, la huella de un proceso que estaba en marcha. La pregunta que dejan estos cuartos despojados de marcas personales es hasta qué punto ese margen de imperfección sigue existiendo cuando el espacio íntimo se convierte en un set permanente que hay que mantener presentable para un público que nadie conoce pero que, de algún modo, siempre está mirando.

Volví a cruzarme con Marta el sábado siguiente, en la vereda de siempre, y le conté todo lo que había averiguado para escribir esta nota. Me miró con esa mezcla de preocupación y ternura que tienen las abuelas cuando hablan de los más chicos del barrio y me dijo: «Ahora entiendo por qué mi nieto me dijo que el póster ya no iba con la onda del cuarto. No es que no le gustara más la banda. Es que el cuarto dejó de ser de él». La frase de Marta me parece que condensa, mejor que cualquier dato, lo que está en juego: cuando el refugio se vuelve un set, algo del proceso de crecer se muda de lugar —y no siempre a un sitio mejor.

CN
Constanza NietoSociedad y vida

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