La oveja negra que terminó colgada del techo: la historia detrás de la muestra que vuelve a poner en valor lo que la industria descarta
Laura Ferro presenta en Fundación Larivière una exposición de más de diez años de fotografía que toma como punto de partida la lana que su familia, con tres generaciones de criadores ovinos en la Patagonia, no podía vender porque estaba teñida de oscuro. Una instalación suspendida en el centro de la sala, retratos de ovejas descartadas, paisajes de estepa y una foto de 1924 reconstruyen un duelo, un oficio y una herencia.
Son las seis de la tarde en La Boca y la vereda de Fundación Larivière empieza a poblarse de gente que llega con cámara en mano o con la cámara del celular, depende de la generación. Carmen, que vive en el barrio desde hace cuarenta años y suele pasar por la puerta de los locales de arte cuando bajan la cortina metálica, me dice mientras mira la vidriera: "Mirá vos, yo pensé que esto era un depósito de lanas, no un museo". Le explico que, en cierto modo, no está tan lejos de esa idea: adentro hay una nube negra colgada del techo que está hecha, efectivamente, con vellón de oveja.
La muestra se llama Lana negra y es obra de Laura Ferro, fotógrafa que vuelve a Buenos Aires con un trabajo acumulado durante los últimos diez años, al que se suman imágenes del álbum familiar, una proyección audiovisual y esa pieza central que, cuando uno se para debajo, deja caer sobre los hombros algo más que un material.
Una tradición familiar en la estepa
La historia empieza en la Patagonia, donde Ferro carga con al menos tres generaciones dedicadas a la cría de ovinos. En esa industria, la lana merino se cotiza por su blancura: si una oveja negra entra al lote, hay que apartarla de inmediato, porque una sola fibra oscura alcanza para descontar valor comercial a todo el resto. Esa lana "contaminante", la que no tenía precio en el circuito industrial, era la que su padre recogía aparte y la que después encargaba a tejedoras artesanales de la zona, que con ella hacían sweaters para trabajar en el campo.
Tras la muerte de su padre, Ferro encontró una de esas prendas. El sweater se volvió, según sus propias palabras, el punto de partida de una investigación que la terminó trayendo de vuelta a la Ciudad de Buenos Aires con una sala entera dedicada a esa fibra que el mercado descarta.
Lo que se ve en la sala
- Una nube negra de lana sin tratamiento, colgada en el centro de la sala, que Ferro asocia al duelo por la muerte de su padre: cuando encontró unas muestras de lana que él guardaba en la mesita de luz, sintió que ahí había algo para explorar desde otro lugar.
- Una fotografía de 1924 en la que aparece una oveja negra de raza karakul, pequeña y de perfil, mezclada entre las blancas, prestada del archivo familiar e integrada al recorrido.
- Retratos de ovejas descartadas por la industria, paisajes de estepa patagónica sin animales y la imagen de los residuos que quedan tras el lavado industrial de la lana merino.
- La figura paterna reconstruida en fragmentos: sus botas junto a las patas de una oveja, su pelo canoso confundiéndose con el vellón, sus manos abriendo la lana sin esquilar.
- Una proyección audiovisual y un conjunto de fotografías donde conviven imágenes actuales con otras rescatadas del álbum familiar, algunas tan integradas al conjunto que cuesta distinguir si son antiguas o están trabajadas en blanco y negro.
El color que no es un solo color
“La llamada lana negra no es un solo tono, sino una escala de marrones, grises y matices que la muestra invita a leer de cerca, como quien aprende a mirar lo que la industria da por perdido.”Laura Ferro
Cuando salgo, Carmen me espera en la vereda con la cámara del celular en la mano. Le pregunto qué le quedó dando vueltas y me dice, mientras guarda el teléfono en el bolsillo, que nunca había pensado que una oveja pudiera tener una historia: "Yo las veía pasar por la ruta, las veía en la tele, y nunca se me cruzó por la cabeza que las negras fueran un problema para alguien, ni que alguien pudiera hacer una obra con eso". Me cuenta que va a volver el sábado con una amiga del edificio de al lado, que teje desde los veinte años, para mirar la nube de lana con más tiempo. Le digo que vaya, que la pieza merece esa segunda vuelta. Antes de despedirnos me pregunta a qué hora cierra y me mira como esperando que la cita sea, también, con esa parte de la historia de su país que nunca le habían contado en una galería.
