Cuando el chat se vuelve un rompecabezas: por qué leemos tanto en un "ok" y cómo destrabarlo
Las psicólogas Karina Carreño y Marina Mammoliti explican de qué manera el miedo, las experiencias pasadas y la ansiedad transforman un mensaje ambiguo en motivo de pelea. Tres claves para salir del loop de la sobreinterpretación sin perder la confianza.
Acá en el barrio, cualquiera que tenga un celular en la mano sabe lo que es mirar la pantalla del teléfono y sentir que el corazón se acelera porque la otra persona escribió "ok" y nada más. La vecina Marta, que vive a la vuelta de mi casa en Caballito y atiende un kiosco sobre la calle Rivadavia, me lo resumió el otro día mientras tomábamos unos mates en la vereda: "Yo le mando un audio largo a mi marido y me contesta con un 'dale' y ya estoy armando la novela entera en la cabeza". Esa escena tan cotidiana es, justamente, la puerta de entrada a uno de los malentendidos más frecuentes de los vínculos amorosos actuales: la sobreinterpretación de los mensajes.
Las psicólogas Marina Mammoliti y Karina Carreño se dedicaron a estudiar este fenómeno y coinciden en algo central: una respuesta breve o una demora no alcanzan, por sí solas, para saber qué siente la otra persona. El problema aparece cuando el cerebro, frente a la falta de información, decide completar los huecos con su propio material: viejas inseguridades, experiencias dolorosas, miedos al abandono o fantasmas de infidelidades pasadas. Así, un "ok" termina convertido en pruebas de un enojo inexistente.
Lo que pasó, lo que inventamos
Karina Carreño, neuropsicóloga, propone una distinción tan simple como poderosa: por un lado está lo que efectivamente ocurrió, que puede comprobarse; por el otro, el significado que cada uno le adjudica. Que la pareja haya contestado con pocas palabras es un hecho verificable. Que esté molesta, en cambio, ya es una interpretación. Esa diferencia es la que permite, según la especialista, regular la ansiedad antes de salir a buscar peleas que todavía no existen.
Tres herramientas para salir del loop
- Distinguir el hecho de la interpretación: antes de responder, preguntarse qué pasó objetivamente y qué significado propio se le está agregando.
- Poner el foco en la propia emoción: en lugar de intentar adivinar qué siente el otro, reconocer qué nos pasa a nosotros frente al silencio o la respuesta corta, como propone Marina Mammoliti.
- Preguntar de manera directa y tolerar la incertidumbre: la comunicación cara a cara o por audio permite obtener información real y, a la vez, aprender a convivir con respuestas que no llegan en el momento.
Cuando falta información sobre los pensamientos o sentimientos del otro, el cerebro intenta anticiparlos, explica Carreño. Para llenar esos huecos recurre a experiencias anteriores, a los propios temores e inseguridades. De esa manera, una demora se transforma automáticamente en una supuesta pérdida de interés, aunque no haya un solo elemento que sostenga esa conclusión. Mammoliti, por su parte, señala que una necesidad de estar a solas puede leerse como indiferencia si existe miedo al abandono, y que la baja autoestima o los antecedentes de infidelidad funcionan como combustible para la búsqueda constante de confirmaciones y los intentos de controlar al otro.
El desgaste llega cuando esas conjeturas empiezan a dirigir las respuestas: discusiones por situaciones imaginadas, pedidos reiterados de seguridad, una sensación de que la confianza se va licuando gota a gota. La salida que proponen ambas especialistas es volver a los hechos y abrir el diálogo antes de que la ansiedad termine hablando por uno. Marta, mi vecina de Caballito, dice que desde que aprendió a preguntarle a su marido "te pasa algo o estás ocupado?", en lugar de quedarse rumiando sola frente al celular, las noches son bastante más tranquilas. A veces, parece, la solución más efectiva es la que uno menos quiere hacer: preguntar, escuchar y aceptar que el otro también es un misterio que se descifra conversando, no imaginando.
